Dependencias

Dependencias

Por: Óscar Ayala


Ambientes distópicos: Dependencias

Una tarde que caminaba hacia el colegio en el que estudié mi educación media, comentaba con un amigo de ese entonces, lo difícil que era aprender a ser un ciudadano en países como Colombia. En ese momento como ahora, la mayoría de representaciones públicas de elección popular estaban plagadas por personas con maneras de pensar y hacer, que por mucho enseñan, a perpetuar la idea de siempre sacar ventaja del otro, de lo otro, de lo público.

Recordaba esa caminata en estos días en los que se hablaba y comentada la “jugadita” del saliente presidente del Senado. Y desde ese sábado, se han ido sumando más “jugaditas” perversas, como esas que anuncian que las deudas adquiridas por la liquidada concesión de la Ruta del Sol Sector 2, en la que hacia parte la cuestionadísima firma Odebrecht, serán asumidas por el Gobierno, en otras palabras, por todos los colombianos con el pago de sus impuestos.

¿Cómo podremos aprender, en estas condiciones adversas, a ser esos ciudadanos que transformen todas las concepciones que tenemos de lo público y del manejo del gobierno? Esta es una pregunta fundamental que debemos hacernos e intentar, bajo todos los medios posibles, hallar una respuesta, puesto que prontamente estaremos conmemorando los 200 años de independencia y de historia republicana, y con ella, de todo el sinuoso camino que nos muestra nuestra mayor dependencia por “hacer las cosas por fuera de”.  

La “cosa pública” no es de nuestra incumbencia. La dejamos de lado porque es más cómodo no pensar en “eso” que fingimos no entender y en “eso” que nos insisten en que no entenderemos. Nos susurran con vehemencia, con lenguas desprovistas de honradez y con la ayuda de la confusión siempre presente de las palabras mediadas, para decirnos que “eso” sólo puede ser conocido por unos pocos iniciados: los políticos profesionales que se vanaglorian en depredar la república –que ya a esas alturas es poco lo que queda-, con oscuros estratagemas que continuarán erosionando las convulsionadas bases que se formaron desde “esos” años que ahora conmemoramos.

Nuestra independecia depende de protocolos oscuros. Nuestra ciudadanía depende del fragor de lo obtuso, lo burdo y lo soez. No hemos dejado de delegar nuestros deseos a ideales que se presentan como la mejor solución posible, pero al final, serán la peor desgracia inimaginada. Repetimos gestos desde tiempos inmemoriables. Está en nuestra formación genética. Las compensaciones emocionales marcan muestras desiciones, así queramos presentarnos como los animales más racionales del planeta.

Saber que la dependencia es nuestro determinante, hará que pensemos dos veces antes de tomar una decisión. No votaríamos “emberracados” sino que sopesariamos los condicionantes de la emoción que nos llama. Estariamos dispuestos a perder unas horas escuchando y reflexionando en las vertientes de los gritos para hallar la compostura crítica del silencio. Pondríamos fuera de lo normal, la burla constante con la que se enmascarán los discursos. Evitaríamos caer en el desprecio por el que nos dice que estamos haciendo las cosas mal. Activariamos otra vez, el necesario equilibrio de la escucha.

Y escuchar el ruido será, en estos tiempos por venir, de lo que dependerá nuestra supervivencia, y más cuando se siguen agregando al coro conservador y extremo del autoritarismo seudonacionalista, gritos de guerra y de menosprecio por el otro.

Sobrepongámonos. Dependamos de nuestra in-dependencia.

Fúnebre paz

Fúnebre paz

Tal parece que nos hundiremos… nos hundiremos íntegros en el abismo de una guerra en la que todos perderemos, ¡¡de eso nos encargaremos infelizmente así sea con un grito al vacío!! para que no sea justo la fiesta en la ciudad versus la paz de los sepulcros en los campos. Amargos y vencedores quienes advertimos lo que causaría el regreso del uribismo. Por ahora no hay nada más que hacer, tan solo respetar la majestuosidad de las alas de este duro enemigo, que aunque bastante inteligente, su peso no lo dejará volar jamás a esos jardines colgantes ubicados lejos del infierno donde tendrán que argumentar en derecho. Un saludo a Fernando Londoño, que ha logrado hacer trizas el acuerdo. Hay que reconocer que prometió y cumplió, es un digno enemigo de la paz y eso lo sabían sus seguidores, quienes agazapados en los clubes esperaron que esto ocurriera, con la total certeza de que las bombas jamás caerán en sus lindas alamedas. Ahora que en un soplo indefinido la violencia se prepara para no fatigarse ni en la altura ni a nivel del mar, los que hicieron trizas la paz, se pondrán el traje de jueces contra todo lo que diga “violencia” ¡y parecerán pacíficos ellos! ¡y parecemos violentos los otros! paradoja infinita que no se cansa de violarnos en medio de todos sus educados aplausos embrujados. Qué extraña música la que produce Colombia, pues nos puso a bailar en medio de nuestros sollozos. Los periodistas de la derecha, que gritaban con retórica lo mismo que los orangutanes en las selvas de cemento, hoy respiran ese aire cargado de horror y blasfemia, sin importarles literalmente una pepa de comino. Periodistas de la derecha, enamorados trillados de la opinión que otorga la libertad tiránica, esa que ofrece derechos de expresión al que masacra con palabras, al idiota que no sabe de lo que habla, así como al que clama por un pañuelo para secar las lágrimas de los velorios que se aproximan. ¡¡Libertad tiránica!! ¡¡Eres la dulce condena de nuestra democracia totalitaria, alivio de cobardes detrás del Twitter, masaje para nuestros cuerpos cansados de tanto escribir columnas que yacen muertas ante tus pies de oro, plata y bronce!! Fúnebre paz ¿si sabes que el sol ya no calienta en algunos rincones de la patria y que solo alumbra las almas y los cuerpos que se alistan para la guerra? no me hagas reír fúnebre paz, que yo lo que quiero es llorar hasta decir no más. No me invites a tu carnaval porque no… no estamos para fiesta. Las locas y adoradas ansias de justicia hoy se autoflagelan para que cesen los disparos de la boca de aquellos que no pondrán jamás una gota de sangre en la que ha sido nuestra receta social y maldita. Nos privaron de las bellezas de una paz perpetua. Pero el encantador juego de la guerra deja un olor inolvidable. ¡Sagrada y dolorosa punta de lanza que agobia el destino de nuestra patria, que desangra nuestra matria! ¿matria o patria? qué más da si ambos ya murieron enfrentados sobre el lecho de las carcajadas provenientes de aquellos que sí son capaces de hallar su equivalencia. Fúnebre paz, ya no me digas más, pues tal parece que las tumbas serán nuestras confidentes nuevamente. Tumbas calladas y lluviosas, olvidadas por los que creen que con las palabras no se mata, recordadas por los que no querían la guerra pero que abandonarán sus cuerpos en nombre de las dignidades. Fúnebre paz…las excusas y las culpas ya no serán de una persona. Bienvenidos sean ustedes, majestuosos enemigos. Bienvenida sea la guerra, porque incluso a nuestros enemigos les debemos el respeto que se merezcan, porque así lo neguemos, nuestros demonios siempre tienen cama en el hospedaje de nuestras almas. Fúnebre paz, diles a las generaciones que hoy nacen, perdón… perdón, pero no pudimos. Eres fúnebre paz, porque los líderes sociales mueren por centenares y tu pretendes que escribamos como si nada, o que hagamos payasadas para elevar un momento emocional degradante. No. La actitud positiva es un cuento del norte para que olvidemos por qué en el sur retornamos una y otra vez al cadalso de nuestras miserias. Fúnebre paz, quieres que un estado psicológico sea más amplio que la memoria de nuestras vidas, quieres que una sonrisa sintética, valga más que la expresión mortuoria con la que vimos a nuestros hermanos la última vez… eso, jamás te lo permitiremos. No por necios, sino por utópicos dispuestos a morir; utópicos, pero libres de toda tu mentira. ¡Cállate ya fúnebre paz! Déjame hacer un minuto de silencio por todos nuestros muertos, mira que vienen bailando y danzando en el horizonte de la guerra; vienen bajando por las cordilleras colombianas, como los ríos Guaviare, Jambaló y Baudó, ¿si oyes la canción? tiene un coro que termina con una frase muy clara: no seremos olvidados.
Conectados

Conectados

Ambientes Distópicos: Conectados

Parece ser que la condición que mejor expresa nuestra actualidad se basa, únicamente, a partir de las conexiones. Llevamos poco tiempo jugando a vivir “conectados” (como si nunca lo hubiésemos estado), esperando que en ese juego podamos encontrar el carácter que guíe nuestros pensamientos. Y es tanta la importancia que se le imprime a eso de “estar conectados”, que la mayoría de las políticas públicas se trenzan bajo este matiz.

Una de ellas es el proyecto de ley que lidera el Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones para la modernización del sector de las TIC’s. Este proyecto –de ser aprobado- hará un gran revolcón en el manejo de estas “nuevas” tecnologías e influirá también en el manejo que, hasta ahora se le ha dado a la televisión –y en especial la pública-, puesto que considera suprimir la Autoridad Nacional de Televisión para proponer un sólo ente regulador en el país para estas “tecnologías de la información y la comunicación” y para la, un tanto “vieja”, televisión.

Este proyecto de ley se ha estado cabildeando, principalmente, con esa idea del “estar conectados”. No más. No hay otro punto que se pueda resaltar o del cuál se pueda presentar como reflexión para mostrar la necesidad de modificar las maneras como se regula el espectro electromagnético, la televisión y los contenidos y, con mayor atención, los productores de contenido que transmiten sus producciones por la Internet (las conocidas OTT – Over The Top, YouTube, Netflix, Facebook, Twitter, Instagram).

Y con tanta insistencia en la conexión –“La mitad del país carece de acceso a la Internet. Veinte millones de colombianos no tienen conectividad de banda ancha”-, nos podríamos preguntar: ¿por qué necesitamos estar “conectados” (a la Internet)? Esta pregunta sólo se responde desde la confianza absurda que le hemos puesto a los artilugios construidos por arte de tecnología (ese arte de magia de otras épocas), cómo si lo “mágico” que se supone que hacen cada uno de estos artefactos interconectadores, pudieran remediar por su uso, las inequidades sociales y económicas que en nuestro país son “el pan de cada día”.

Cada tanto muchos países inician campañas públicas con este mismo tono. Se puede recordar como sí fuera ayer esas iniciativas de “Computadores para educar” o “Tabletas para educar”, que repartían equipos con alto grado de complejidad manufacturada para apoyar el desarrollo de las clases y construir un tipo de conexión pedagógica con las nuevas generaciones, pero que olvidaba, casi siempre, la necesaria alfabetización de todo lo que ese “nuevo” ambiente crea.

El estar conectados no lo es todo. Podemos estar, por ejemplo, en un ambiente con conectividad análoga –una reunión de amigos y recién conocidos- y no entablar comunicación alguna con nadie, por tener en el momento de la reunión un episodio de ansiedad extrema que censura cualquier intento de conexión; y, aun así, disfrutar de la reunión y pasar un rato ameno.

Pensar, como lo hace el MinTic, en que lo más importante para darle equidad a este país inequitativo es ofrecerles banda ancha a veinte millones de personas (¿Internet para educar?), es seguir replicando confianzas ciegas en soluciones ficticias que cada tecnología reproduce: la invención del automóvil no solucionó las necesidades de transporte individual y colectivo de nuestras ciudades.

Cada tecnología debe ponerse siempre en tensión para saber sus reales implicaciones sobre las políticas públicas, que son las que realmente van a impactar a un grupo de ciudadanos. Mas que dar conexiones a Internet, se deberían crear conexiones educativas para fortalecer la alfabetización que se necesita para la interacción con estos ambientes mediáticos. ¿Qué razón tendría una persona para estar conectado (a la Internet) sí no tiene vías en buen estado para comercializar los productos que cultiva? ¿Sólo tener “indignación” de red social?

Debemos conectar nuestra atención a estos proyectos de ley para saber sus implicaciones, ya que lo que está en juego, son las “nuevas” soberanías. #chaoleytic

Cabalgata: Los caballos, el guaro, la mierda y los pobres

Cabalgata: Los caballos, el guaro, la mierda y los pobres

Entra la tarde en un pueblo de Colombia, y ya un gran grupo de personas se sitúan cerca del estadio para hacer realidad la tradicional cabalgata de fin de año; el paisaje es llamativo: los caballistas -en su mayoría hombres- llevan su poncho y sombrero, botella de guaro en mano también; las mujeres hacen presencia como el mayor adorno de la fiesta, muchas veces incluso son pagas para acompañar a tan significativos caballeros.

La población se aglomera a lo largo de la ruta que seguirán los caballos, en la punta del pelotón, un auto acompaña la procesión, este va engallado con un equipo de sonido que al ritmo de los Tigres del Norte: Soy el jefe de jefes señores y decirlo no es por presunción muchos grandes me piden favores porque saben que soy el mejor han buscado la sombra del árbol para que no les dé duro el sol… zarandea toda casa del pueblo.

La cabalgata ya avanza por el centro del municipio, el volumen de la música, el trago y las consignas se acrecientan, la imagen que se me presenta es bastante esclarecedora: un desfile de hombres con almas de traquetos -si es que no lo son algunos- que muestran con desparpajo su poder con trago, música, mujeres y caballos.

Por lo general, camisa apretada que deja ver su voluminoso abdomen de bebedor empedernido, el trago lo cargan los peones de las fincas, ellos se encargan de tomarles las fotos y cuidar que los hijos de los entusiastas conductores no pierdan equilibrio sobre las bestias; aún así, esta escena puede ser más dantesca, al final de la procesión, los pobres del pueblo con palas recogen la mierda de los caballos; ahí está representada la Colombia, la mierda pal´ pueblo, el que siempre come mierda ahora recogiéndola.

Al final, las bolsas de mierda son tan preciadas como el oro; pues ahí está el pago del día; por otro lado, las bestias sofocadas del cansancio se van en sus camionetas, eso sí polarizadas, que el personaje no se pierda. Asimismo, los caballos son llevados por los peones hacia los vehículos que le devuelven a su hábitat, la presencia de animalistas pone en evidencia las malas condiciones con las que algunos de estos animales terminan la jornada.

Y entonces, el personaje acá descrito, el del poder, el que manda, el patrón, el que su trono es el caballo, personifica muy bien a la élite colombiana que nos tira mierda desde el estrado y nos toca recogérsela. ¡Qué coman mierda ellos!

En ocasión del 47 Festival Folclórico Colombiano, como ibaguereño que soy, espero que no tengamos que presenciar la cabalgata este año, que los caballistas se queden con las ganas de restregarnos en la cara, sus caballos, su guaro, y su maldita mierda.

Desazón

Desazón

Ambientes distópicos: Desazón

No es mucho lo que se puede decir en una distopía como la colombiana que, minuto a minuto, se torna más y más enrevesada. Si hacemos un recuento, tendremos a la vista las predicciones que corroboran lo que hemos sabido desde el comienzo de lo que se insiste en llamar, tontamente, “el lado correcto de la historia”.

La desazón es nuestro ambiente y “grotesco” es la palabra que nos define, ya que la tortuosa situación por la que atravesamos está para mostrarnos los sinsabores de la espectacularidad vacia que exhibe el doblez de personalidades insustanciales. Por eso el país pierde su respeto al venerar “constitucionalidades” ajenas que presionan con “descertificar” por las consecuencias de una guerra que ellos inventaron; por eso renuncia el fiscal que no investiga nada pero que alienta con sus acciones la pérdida de la institucionalidad; por eso se alebresta la inconsciencia oscura que clama por la transparencia en las informaciones y reniega de las fuentes que desdicen su macabro hacer.

Pero lo que no es banal –como lo pensara Hannah Arendt-, es esa “banalidad del mal” que activa nuevamente las estrategias para continuar, con la lentitud certera de la costumbre, el extermino de todo lo que huela a “otro”. El “lado correcto de la historia” no puede permitirse que la memoria diga que fueron los hacedores de la paz, porque para ellos, lo que importa es el lucro que nace de la guerra: se muestran impolutos –como un “ladrón de cuello blanco”- en su esplendorosa y ya perdida, inane, representación política.

Y, en su cosmovisión abyecta, escupen justificaciones amañadas que remarcan su compromiso por mostrarse obsecuentes con su versión de los hechos, así en el intento, se tuvieran que beber las mieles del glifosato y ver nuestra geografía fracturada por la incesante búsqueda de recursos no renovables, con los que tradicionalmente comerciamos y depreciamos nuestro exigente modo de vida.

No es la primera vez que el ambiente se dispone así. No es la primera vez que sufrimos las consecuencias de las ideologías extremas. No es la primera vez que las predicciones se cumplen. Como se ha escrito antes en estos ambientes distópicos, a lo que nos enfrentamos es a la desaparición de lo conocido y a la aparición de una ciudadanía que caminará como muertos en vida.

Vamos a llamar, como lo decía Juan Esteban Constaín en su última columna, la “voz del diablo”: este pueblo que habrá de perecer, será el encargado de aplacar con su voz esa “inconsciencia e insensatez” de vivir en “paz”, sólo para poder tener un poco del dinero que se ofrece por vivir en “guerra” y así, tener que gastar en unas siempre insuficientes comodidades y, de vez en cuando, seguir yendo de viaje por el país en caravanas como las que se ofrecía años antes: “Vive Colombia, viaja por ella”.

También, tendría que llamar a la sensatez, para ver sí –como lo ha hecho Estebán Carlos Mejía- dejo de ambientar distópicamente este único relato de desazón que nos atrapa; y me dedico mejor a ambientar el arte –no sé si distópicamente-, como lo he hecho en estos días con una exposición que titulé “Estamos despiertos más tiempo”. Y, para ello, sólo debo incluir la invitación a la Sala de Exposiciones Darío Jiménez del Centro Cultural de la Universidad del Tolima[1].

 

¿Estaremos despiertos más tiempo para no ver esta desazón?

[1] La exposición estará abierta hasta mediados de junio de 2019.