los adoradores de la guerra

los adoradores de la guerra

El día martes treinta de abril empezó con la noticia de la gestación de un golpe de Estado en Venezuela. Miembros de las fuerzas armadas habían liberado a Leopoldo López y junto a Guaidó encabezaban un llamado al pueblo para que se agolpará y derrocará el gobierno de Nicolás Maduro. Las noticias se daban de esa manera en la mayoría de los medios oficiales colombianos.

Lo primero que pensé se resume en esta pregunta: ¿Qué dirían los medios colombianos si el ejército nuestro liberara un preso, se juntará a alguien de la oposición e invitara a los ciudadanos del país a marchar hacia la Casa de Nariño para derrocar a Iván Duque? Solo imaginen la magnitud del escándalo: “traidores”, “conspiradores”, “terroristas” y por qué no “sicarios”, le gritarían los medios oficiales. “Un atentado contra la democracia”, titularían los principales periódicos y las emisoras abrirían sus espacios con llantos y lamentos colectivos, juzgando a los golpistas de apátridas.

Es que los medios colombianos, y su amplia audiencia, ven de esa manera los problemas del vecino país (y de muchos otros lugares del planeta). Los medios porque hace tiempo (en su mayoría) perdieron la función social que algún día el periodismo les encomendó, y ahora solo son fortines dispuestos para un fin, hacer parte del poder. La audiencia porque en su mayoría es acrítica, cree firmemente lo que dicen esos medios, para muchos la verdad sale de ellos y solo se atreven a ratificar: “palabra de dios, te adoramos señor”.

Estaba sintiendo pena y angustia por estos aspectos cuando de repente un tuit del presidente ponía la vara un poco más alta en la medición de la ignominia, este decía: “Hacemos llamado a militares y al pueblo de #Venezuela para que se ubiquen del lado correcto de la historia, rechazando dictadura y usurpación de Maduro; uniéndose en búsqueda de libertad, democracia y reconstrucción institucional, en cabeza de @AsambleaVE y el Presidente @jguaido”.

No podía dar crédito a lo que leía. Verifiqué si se trataba de un falso perfil. No. Quizás era una falsa noticia, también abundan desde perfiles verdaderos. Tampoco. Era real, el presidente de Colombia estaba invitando a que el golpe de Estado en Venezuela tomara mayor vigor, a que los militares desobedecieran el mandato constitucional del pueblo hermano y, de paso, a que se gestara una guerra civil interna. De esa dimensión era su ignominia.

Luego pensé que a pesar de lo atroz de ese tuit nada nuevo había en ello. Duque, su amo Uribe y la mayoría de los seguidores de esta secta, son adoradores de la guerra. No contentos con emprender miles de triquiñuelas para hacer trizas el proceso de paz que puso fin a más de sesenta años de conflicto armado con las FARC, estos señores y señoras adoran las armas y lo que ellas provocan. Son fervientes fieles del golpe, de la bofetada, de la amenaza, de la tortura, de la vejación, del disparo certero, del desplazamiento… siempre y cuando sea contra el distinto, no contra ellos mismos. Si alguien toca uno de los suyos claman al cielo gritando “terrorista”, “sicario” y de paso activan toda su maquinaria de persecución y exterminio.

Me asusta la complicidad de los medios, quizás porque ingenuamente creo que es una de las profesiones que puede contribuir al equilibrio de poderes. No obstante, hace rato se corrompieron. Me aterran los ciegos seguidores de los “adoradores de la guerra”, porque no han entendido que si algo debe ser sagrado en este tiempo apocalíptico, debe ser la vida mía y la del otro, así el otro sea mi némesis. Pero hay tanta ignorancia campeando.

Le respondí el tuit al señor Duque, ese ser pueril que se sienta en la silla presidencial de un país condenado al odio por él, su mentor y sus seguidores: ¿No le es suficiente con atizar la guerra en Colombia y ahora le arroja gasolina a la guerra de un país hermano? No espero respuesta.

Deseo que Venezuela encuentre un camino, una salida a su tragedia interna, que en nada se parece a la tragedia mediática con la que los medios en Colombia venden pauta y se enriquecen. Ojalá Venezuela halle rápido esa paz que se le está embotando y no tenga que pasar, como Colombia, más de seis décadas gobernada por los adoradores de la guerra. Sería para ellos un porvenir atroz, como nuestro presente.

Mata que Dios perdona

Mata que Dios perdona

“La isla de los mil nombres”, alguna vez nombrada Ceilán y hoy conocida en todo el mundo (debido a los recientes actos terroristas) como Sri Lanka, queda al sur de la India. Su historia es antigua y sigue siendo un territorio de disputas religiosas. Sus pobladores, 21.5 millones en el 2017, se mueven entre el budismo, hinduismo, cristianismo e islam, en ese orden de prioridades.

Al ser un territorio pugnado por las potencias de turno, y debido a su ubicación estratégica como fortín marítimo, Sri Lanka es un producto hibrido de las tensiones ideológicas y religiosas. Bien es sabido que cada imperio inocula sus visiones en los territorios invadidos, sin respetar sus tradiciones o el pensar de sus habitantes. Los resultados son mezclas peligrosas, prestas a engendrar odios raciales, ideológicos y, por supuesto, religiosos. Es la historia de mil lugares del actual planeta tierra.

Al momento de escribir esta nota se informa que los atentados perpetrados el día 21 de abril han dejado un saldo de 290 muertos y cerca de 500 heridos. El objetivo de quienes idearon estos hechos consistía en sembrar terror en iglesias y hoteles, justo en una época en que son los espacios más concurridos debido a las vacaciones y los rituales de adoración que se dan en el marco de la denominada Semana Santa.

Lo que hay de fondo en Sri Lanka es una disputa por el control de los fieles, pareciera que la época de las cruzadas sigue vigente. Al controlar el discurso religioso se controla el país, la economía y, ni más ni menos, se ostenta el poder.

Matar a fieles y turistas el “Domingo de Resurrección” es un hecho real con unas consecuencias simbólicas devastadoras. Vivimos a finales de la segunda década del siglo XXI, pero en Sri Lanka, y en muchos otros lugares del planeta, seguimos peleando las guerras de la antigüedad.

Al parecer grupos radicales musulmanes están detrás de los hechos, lo cual es un indicador de que las querellas religiosas siguen vigentes, continuamos atrapados en un mundo de orates y fanáticos. No solo por culpa de los musulmanes, no más basta ver cómo los cristianos de EE.UU, sin ningún reparo bombardean Siria, mientras asisten a sus templos a escuchar discursos de bondad y santidad.

Sin ir muy lejos, en Colombia cada día los pastores y curas usan sus púlpitos llamando a construir un mundo de odios contra los diferentes, mientras citan los supuestos evangelios del amor. Estamos atrapados en un tiempo que conjuga el advenimiento del futuro con sus grandes avances tecnológicos, pero muchos continúan aferrados al oscurantismo de los relatos religiosos.

Los atentados de Sri Lanka demuestran que la ciencia está en la era de la inteligencia artificial, pero la mayoría de humanos siguen atrapados en la edad de las invenciones religiosas. No es posible que sigan matando en nombre de los inexistentes dioses, esos mismos que hemos creado para justificar nuestras atrocidades, no en vano dice la canción: “Mata que Dios perdona”.

Educar un país requiere decisión e inversión. A propósito de una columna de la Ministra de Educación

Educar un país requiere decisión e inversión. A propósito de una columna de la Ministra de Educación


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente IDEAD – UT

 

En una breve columna escrita en la página local de elolfato.com, María Victoria Ángulo, Ministra de Educación Nacional de Colombia, da a conocer las líneas gruesas de las políticas que desde dicha cartera se están gestando. La columna titulada “Un pacto por Colombia, un pacto por la educación”, muestra temas centrales de lo que ella considera el devenir de la educación en todos sus niveles. Me ocuparé de comentar algunas cuestiones, sobre todo lo que tiene que ver con las políticas para la Educación Superior.

En principio, estoy de acuerdo con la coda de su escrito, en donde la ministra dice: “Invito a todos los actores del sector y a la ciudadanía a la construcción de un gran pacto por la educación. Estoy convencida de la necesidad de hacer equipo por la educación, de un diálogo ciudadano amplio…” Creo que una pequeña parte de ese pacto por la educación se firmó en la mesa de negociación de estudiantes, profesores y gobierno finalizando el año 2018, esperamos que se cumpla. Lo demás está por construirse, pero ya hay múltiples esfuerzos que toca recoger.

Ahora bien, dice la Dra. Ángulo que se busca “ampliar las oportunidades de acceso en todos los niveles, mejorar la calidad y reducir brechas”, factores de suma importancia para disminuir las tazas de jóvenes que no pueden ingresar al sistema de formación superior. Las Universidades Públicas realizan grandes esfuerzos por ampliar la cobertura, pero la falta de infraestructura y docentes hacen que el impacto en este indicador no sea significativo.

En el caso de la Universidad del Tolima el aumento de cobertura se ha venido realizando, durante el último año, a través de los programas de la modalidad de Educación a Distancia. De esta manera, nuevos jóvenes y adultos han podido ingresar al sistema; sin embargo, las trabas que ponen el mismo MEN y el Consejo Nacional de Acreditación, hacen penoso el avance.

La demora en la respuesta a la ampliación de cobertura, la rigidez de algunas de las salas de CONACES y la falta de unificación de las políticas regulativas, provocan que la construcción de nuevos programas y la ubicación de programas actuales en otras regiones del país, se dé a ritmos poco alentadores.

Necesitamos un Ministerio que trabaje con celeridad, abriéndole las puertas a las iniciativas de programas que se ofrezcan para responder a problemas concretos de los contextos, programas de corta duración cuyo fin no sea consolidarse como ejes de titulación, sino que le apuesten a la formación de sujetos que ayuden a la trasformación social, económica, científica y cultural de las regiones más apartadas.

En esto también tenemos coincidencias con la ministra quien plantea como prioritario avanzar en el sector rural para garantizar equidad y calidad, no solo entre estudiantes de la básica media, sino también en la educación superior. En ese aspecto la Universidad del Tolima posee una amplia experiencia, desde los programas de Extramuros (en la década del 70), hasta los programas de Educación a Distancia (IDEAD) que ya cumple 37 años de impacto real en las poblaciones más vulnerables, llevando formación superior a regiones apartadas en donde modelos presenciales y centralizados nunca pudieron llegar.

Así mismo, el modelo de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima ha privilegiado la formación de una población que, por desigualdades formativas, fueron excluidos por los mecanismos de admisión de otros modelos, o porque carecieron de soporte económico suficiente para costear sus estudios en las universidades privadas.

Si el gobierno y la ministra como responsables de un pacto por la educación, quieren en verdad poner en funcionamiento planes y proyectos que impacten en la población más vulnerable, fortalecer los programas a distancia es una salida; sin desconocer que las Universidades Públicas en sus modelos de formación presencial requieren una alta inversión.

Infraestructura, convenios de cooperación, flexibilización de los modelos de evaluación de los programas a distancia y virtuales, soporte técnico y, sobre todo, celeridad en la atención a los procesos de aseguramiento de la calidad, permitirán, como la ministra lo pide: “viabilizar el logro de estos objetivos y contribuir a la construcción de una sociedad más equitativa”.

Siendo así, habría un consenso sobre qué debemos hacer, la diferencia radica en el cómo. Desde el Ministerio de Educación Nacional se puede empezar a gestar una política de mayor eficacia, que mire las regiones y no se quede detenida en el diario trajín de la capital, que entienda que para educar de verdad un país se requiere decisión e inversión. Seguro en cada rincón del país encontrará aliados pues muchos llevamos años trabajando en esas iniciativas.

La ciudad de la furia, el desespero y la angustia

La ciudad de la furia, el desespero y la angustia


“Las ciudades son un miserable recinto donde se
contienen todas las humanas derrotas”
Valerio Máximo

“En sus caras veo el temor
Ya no hay fábulas en la ciudad de la furia”
Soda Estéreo

 

En el barrio Alaska fue capturado Luis Fernando Loaiza acusado de abusar sexualmente de su hija. Diego Mauricio Mora fue apresado en el centro de la ciudad señalado de atacar con arma banca a otro hombre. Luis Alberto Parra, de profesión taxista, decidió quitarse la vida en su casa del barrio el Jordán, debido a una depresión causada, según afirman sus allegados, por problemas sentimentales. Una riña ocurrida en el barrio Álamos, en la comuna Siete de Ibagué, terminó en tragedia para Aderlín Navarro, en medio de la pelea el joven perdió la vida, su agresor le clavó un destornillador en el tórax. Una niña de 16 años, Rosmery Castellón Echeverry, fue vilmente asesinada el día anterior en la Hacienda Cauchitos jurisdicción de la vereda Aparco, zona de Picaleña. Al parecer fue violada.

A estos sucesos recientes (últimas 48 horas), se suman el suicidio de una madre quien desesperada decidió saltar al vacío de la inexistencia, llevando en sus brazos a su hijo de 10 años. La noticia le dio la vuelta al mundo. Las del párrafo anterior le darán la vuelta al barrio, a la esquina y luego el bullicio del día a día reemplazará cada una de estas tragedias hasta que otra tragedia peor la supla en el caótico mundo cotidiano de la ciudad.

¿Qué está pasando en Ibagué?, se preguntan los ciudadanos, los medios amarillistas, los medios serios, algunos políticos, las instituciones y los académicos. Suicidios, riñas, atracos, agresiones a mujeres, robos y demás actos vandálicos agobian un territorio que muchos añoran como un pueblo pacífico. El territorio crece, la ciudad se hace cada vez más ciudad y trae consigo los males de las metrópolis intermedias.

Esto no se soluciona echándole la culpa al alcalde o invocando a infructuosas cadenas de oraciones, con rancios discursos de espíritus que agobian a los vivos. La ciudad no está maldita, como dicen algunas matronas en las esquinas, la ciudad está haciéndose más ciudad.

Carlos Monsiváis, dijo alguna vez que:

“Cada ciudad con 800 mil o un millón de habitantes, genera su propia zona prescindible, compuesta por esa gente sin oficio ni beneficio, en el filo de la navaja entre la sobrevivencia y el delito”.

El síntoma de que un pueblo se hace ciudad no solo se da en la presencia física de edificaciones, grandes malls o variadas construcciones, se da también en la confluencia de nuevas formas urbanas de padecer y habitar el mundo.

No quiero decir, con lo anterior, que debamos resignarnos a tener una ciudad furibunda, porque la ciudad la hacen, también, quienes la habitan. En ese sentido, es la cultura o la construcción cultural colectiva, la que le puede permitir a una ciudad mejorar los indicadores de bienestar de sus habitantes.

No es estableciendo mayores dispositivos de control que una ciudad se hace más segura, es educando al ciudadano para hacer y habitar la ciudad; es, también, dotándola de equipamientos para el bien-estar de sus habitantes.

Necesitamos más parques, lugares para el ocio, espacios para la cultura, centros de apoyo, zonas verdes, cinemas al aire, espacios deportivos, campañas de formación, opciones espaciales para el excluido, música, medios de comunicación formativos (no especulativos y amarillistas), universidades estudiando los fenómenos y proponiendo políticas públicas… necesitamos un aprestamiento para la ciudad del siglo XXI y sus sujetos.

Ibagué, el apacible terruño de antaño es apenas un recuerdo vívido, hoy tenemos una ciudad, que como muchos llamamos jocosamente, se puede nombrar Ibahell. Debemos aceptar que cambió, los gobernantes deben aprestarse para administrar una urbe, no un pueblito; la sociedad debe seguir intentando transformar el deliro del mundo moderno, que no solo provoca furia, desespero y angustia en nuestras aceras, sino en todas las esquinas del mundo.


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima

La Guajira: entre el esplendor y la miseria

La Guajira: entre el esplendor y la miseria

Eduardo Galeano alguna vez dijo, y no recuerdo dónde, que: “el desarrollo desarrolla la desigualdad”; lo anterior parece una sentencia irrevocable cuando uno se detiene a observar la cruel realidad que nos rodea. Aún más, hay lugares que logran conjugar, de manera extraña y sensible, esos dos mundos antagónicos entre esplendor y miseria. Es lo que pensé cuando visité algunos parajes de La Guajira.

Siempre me llevo en la mente un fragmento de los lugares que mis pies han caminado, a eso es lo que llamo viaje; el más reciente de ellos fue a La Guajira, en realidad solo visité algunos parajes de este departamento. Su nombre, siguiendo algunos rastreos a su lengua originaria, significa algo así como “nuestra tierra” (wajira). Según datos recientes, posee una población cercana al millón de habitantes, de los cuales un porcentaje aproximado del 45 % es indígena.

La Guajira, para quienes habitamos otras latitudes en Colombia, se nos ha convertido en sinónimo de pobreza, desigualdad y desamparo, esto debido a las noticias negativas que desde allí pululan. Basta recordar las fechorías de su clase dirigente con los nombres de Wilmer González Brito, exgobernador condenado recientemente por delitos electorales y Francisco “Kiko” Gómez, otro exgobernador acusado de asesinato. Esto por nombrar solo dos políticos que han producido las últimas noticias sobre corrupción.

Otras crónicas que llegan de la península se refieren a las sequías, a la desnutrición de los niños que mueren ante la indolencia del Estado y sus gobernantes, al contrabando que hizo famoso el vallenato que lleva por nombre “El almirante Padilla” y que logró que miles de colombianos viajaran a Maicao a “bajar mercancía” para los Sanadresitos. Todavía hoy persiste esta práctica, aun cuando la desgracia económica de Venezuela no deja los mismos dividendos.

Todo aquel que haya viajado por sus desiertos debió estremecerse al ver la mano extendida de cientos de niños curtidos por el sol, cubiertos del polvoriento ocre de la pobreza, con un trasfondo de cactus y espinos. Por algún momento me sentí como un actor extra de la película Mad Max: furia en el camino, atrapado en un mundo posapocalíptico en el cual sobrevivir parece el más peligroso de los sucesos.

Y no más cruzas esos kilómetros aterradores empiezas a encontrarte con el majestuoso mar, con playas desbordas de color y brisa como la del cabo de la Vela, la Playa Arcoíris, la ensenada Masich, la ensenada Aipia, el Faro o la piedra Tortuga. Todos estos sitios dotados de una indescriptible belleza, en un contraste solo explicable cuando revisamos la inequidad que genera la indolencia humana.

Entonces las sensaciones se cruzan en la mente y, recostado en una hamaca tejida por las manos diestras de las mujeres wayuus frente al calmado oleaje del mar, uno empieza a creer que lo más humano es la injusticia. No es posible que ante tanta riqueza natural, además de mineral pues en La Guajira se posee gas, sal marina y carbón, pueda existir sinigual miseria que nos deja retumbando el corazón al ritmo de los vientos que golpean las rancherías.

Siempre rodeada de esa oscura manta, la península de La Guajira, la que muchos dibujábamos con destreza en nuestros cuadernos escolares, sigue ahí, vigente como un lugar mágico rodeado de desierto y mar, de maravillas paisajísticas y necesidades modernas. Es un monumento que da cuenta de su esplendor y su miseria. Es en sí una maqueta de esas dos Colombias antagónicas que perviven juntas.