Consulta anti-corrupción y participación ciudadana

* Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete la posición de La Pipa. 


 

Por Andrés Camacho*

Colombia atraviesa un momento único en su historia. Por una parte, el país se encuentra en un proceso de superación de la guerra y la firma del Acuerdo con las FARC, pese a las innumerables dificultades  y obstáculos en su implementación, representa uno de los mayores logros como sociedad. De hecho, han exigido de la ciudadanía movilización y participación, y, en ese mismo sentido, la posibilidad de una Paz completa con el sostenimiento y avance de la mesa de conversaciones con el ELN son retos que se encuentran al orden del día.

Por otra parte, y debido en buena medida a esta esperanza de Paz, el país viene poniendo atención a otros problemas tanto nacionales como regionales; conflictos que antes eran secundarios vienen ganando peso entre los asuntos que preocupan a la gente y al Estado, sin decir con ello que las causas del conflicto hayan sido resueltas —por el contrario, son más visibles—.

Este panorama explica el contexto en el cual se adelantaron las pasadas elecciones tanto parlamentarias como presidenciales, en las que asuntos como el modelo económico, el ambiente y la corrupción hicieron parte, como nunca antes, del debate electoral.

De hecho, el resultado electoral representa una ruptura en la historia del país.

Por primera vez un proyecto alternativo, por fuera de los partidos tradicionales, ha disputado y alcanzado una votación competitiva en las elecciones presidenciales, es decir, que, por primera vez, la ciudadanía ha estado a punto de vencer los poderes corruptos que han gobernado a Colombia por más de dos siglos.

Así que una serie de factores se juntan para permitir que el país se apreste a un cambio de época: por una parte la conquista de la Paz, y por otra, quienes han abusado del poder se han alineado y organizado en un solo bloque, con lo cual es mucho más fácil enfrentarlos o, al menos, ubicarlos.

Otros factores también contribuyen al panorama actual. El país viene de un proceso de movilización creciente. Los paros agrarios, la movilización estudiantil y étnica, la movilización por la paz son todas expresiones de participación ciudadana que han ganado terreno en la dinámica política y social; además la ciudadanía viene consolidando su participación a través de herramientas como consultas populares, cabildos y la revocatoria misma; procesos de este tipo para oponerse a la explotación minera como la Colosa, los más de 100 procesos de Revocatoria a mandatarios en el país —entre ellos el de Bogotá—, cabildos sobre diferentes temas de interés local y regional son prueba de ello.

Sin embargo, los poderes tradicionales ya han manifestado su clara intención de desconocer, retrasar o impedir el uso efectivo de dichas herramientas, lo cual se evidencia en el papel que han jugado instituciones como el Consejo Nacional Electoral CNE. Es así como este componente completa el conjunto de factores que se expresan en el momento único que vive el país.

Este es el contexto en el cual se desarrolla la Consulta Popular Anti-corrupción, iniciativa que se suma a esa fuerza ciudadana que se ha desatado, que se expresó en las urnas y que ahora se prepara para dar una nueva batalla.

Se viene configurando así un debate político entre la ciudadanía y los partidos y políticos tradicionales, los primeros en defensa de la Paz, el ambiente, el bien común, y los segundos en defensa de intereses particulares, de la guerra y la corrupción. Esta consulta es la iniciativa con mayor respaldo ciudadano en la historia: 4’236.681 firmas fueron entregadas a la registraduría para respaldar su convocatoria, de las cuales fueron avaladas 3’092.138 apoyos, el Senado la avaló también y fijó el 26 de Agosto como fecha para su realización.

Según la clasificación de la organización alemana Transparencia Internacional, los índices de percepción de corrupción para el año 2017 en el mundo siguen siendo preocupantes, pero entre todos, los países los de Latinoamérica y África son los que presentan peores resultados; en particular, el panorama para Colombia no es muy alentador: nos hemos acostumbrado a palabras como Odebrecht, Reficar, comedores escolares, Interbolsa y la interminable lista de carteles o ‘carruseles’ de la contratación.

En nuestro país se estima que cada año perdemos 50 billones de pesos debido a la corrupcióny en el ranking de Transparencia Internacional ocupamos el puesto 90 entre 180 naciones, así que hay razones suficientes para considerar este como un problema importante a resolver.

Es por ello que la Consulta Anti-corrupción tiene por objetivo contrarrestar varios de los aspectos que caracterizan la corrupción, tales como el abuso de poder, la carencia y/o debilidades de los procedimientos y mecanismos institucionales, debilidad en los marcos legales que tipifican y sancionan la corrupción, reforzamiento de actitudes individualistas, impunidad, el tráfico de influencias y la obtención de prebendas personales.

Esto, a través de siete mandatos que serán puestos a consideración del pueblo Colombiano:

  • El primero, y tal vez el más conocido, es la reducción de salarios a congresistas y altos funcionarios del Estado;
  • el segundo mandato es la cárcel a corruptos y la prohibición de la contratación con el Estado, pues aunque la Ley 1474 del 2011, conocida como “Estatuto anti-corrupción”, elimina privilegios como la casa por cárcel  por delitos contra la administración pública (corrupción), sigue existiendo la posibilidad de que los corruptos sean recluidos en lugares especiales y no en cárceles ordinarias;
  • el tercer mandato está orientado a la contratación transparente con lo cual se busca que existan pliegos de condiciones estandarizados o “pliegos tipo”, para evitar su manipulación, esto significa que las condiciones de los contratos de licitaciones públicas cumplan estándares equivalentes, de manera tal que no estén hechos a la medida de ningún contratista;
  • el cuarto mandato se refiere a la participación ciudadana en los presupuestos públicos y el objetivo es exigir mecanismos de audiencia pública regional que permitan priorizar los proyectos de inversión a nivel nacional, regional y municipal;
  • el quinto mandato obedece a que la ley estatutaria 1757 de Participación Ciudadana excluyó a los Congresistas de la República de la rendición de cuentas obligatoria;
  • el sexto mandato busca que los políticos elegidos por voto popular hagan públicas sus declaraciones de bienes, patrimonio, rentas, pago de impuestos y conflictos de interés, como requisito para posesionarse y ejercer el cargo;
  • el séptimo y último mandato busca establecer un límite máximo de tres periodos para ser elegido y ejercer en una misma corporación de elección popular como el Senado de la República, la Cámara de Representantes, las Asambleas Departamentales, los Concejos Municipales y las Juntas Administradoras Locales, esto dado los conocidos casos locales, regionales y nacionales de políticos que han hecho de dichos cargos su proyecto de vida.

Así que nos encontramos ante la continuación de ese proceso de empoderamiento ciudadano, de la movilización, la participación institucional-electoral y el uso de las herramientas de participación ciudadana.

La Consulta Anti-corrupción representa un reto cuantitativo y cualitativo, pues se requieren 15 millones de votos para alcanzar el objetivo, 6 millones más de lo obtenido en las elecciones presidenciales. Es la oportunidad de avanzar otro paso en la transformación del modelo político corrupto que le ha permitido a los mismos de siempre elegirse una vez más; sin embargo, hay que señalar que la consulta solo toca algunos de las aspectos que propician o toleran la corrupción en Colombia, aún tenemos mucho por hacer para superar la cultura del más “vivo”, de la ventaja, de la trampa, tenemos mucho que hacer en las instituciones del Estado, en las entidades del orden territorial, en las formas de gobernar.

Nos queda mucho camino por recorrer pero hay que comenzar.

 


* Máster en Energías Renovables, Licenciado en Física, Ingeniero Eléctrico, Docente Universitario y Vocero de la Marcha Patriótica Bogotá. Bloggero y Columnista en medios de comunicación alternativa

Vía Palabras al Margen

Las fuerzas alternativas y las elecciones regionales

Las fuerzas alternativas y las elecciones regionales

* Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete la posición de La Pipa. 


 

Por Ariel Ávila, subdirección Fundación Paz y Reconciliación. 

Viene la prueba de fuego para las coaliciones alternativas que nacieron en las pasadas elecciones al congreso de la república y la presidencia. Como se sabe en la primera vuelta presidencial, las campañas de Sergio Fajardo y Gustavo Petro, lograron casi el 50% de los votos. Ambas campañas si bien tienen diferencias en aspectos programáticos e ideológicos, coinciden en tres grandes cosas.

Por un lado fueron campañas sin maquinarias ni clientelismo. En segundo lugar, el espectro social en que se movían se basaba en población mayoritariamente joven que rechaza la vieja clase política y que pide cambios a gritos. Si bien los ritmos de los cambios varían de una zona a otra o de un estrato a otro, lo cierto es que es población que quiere cambiar el país. Por último, coincidían en que la lucha contra la corrupción, la consolidación de la paz y la educación son los motores de trasformación de la sociedad.

Petro ponía más énfasis en la paz y Fajardo en temas de anticorrupción y educación.

Ambas campañas lograron hacer una coalición importante. Fajardo con compromiso ciudadano, el Partido Verde y el Polo Democrático crearon la Coalición Colombia, logrando elegir 15 senadores, ganaron en primera vuelta en ciudades como Bogotá, Cali, Armenia, Pereira, Tunja, entre otras capitales y fueron segundos en departamentos como Santander. Por su lado Petro fue muy fuerte en la Costa Atlántica y en todo el pacifico colombiano. Fue un voto de opinión, joven y muy politizado.

La pregunta es sencilla: ¿ambas coaliciones, tienen vida para el 2019 o fueron flor de un día? Todo parece indicar que la Coalición Colombia ha echado cimientos más sólidos para consolidar una alianza, tanto el partido Verde como el Polo Democrático han creado una estructura política en todos los departamentos del país. Por los lados del petrismo, la situación parece más compleja, ya que el único que tiene votos es Petro, los demás líderes y partidos tiene un alcance pequeño como la ASI o MAIS.

Pero más allá de los niveles de consolidación, estas coaliciones dependen de tres grandes cosas:

1. Unas reglas de juego claras para escoger candidatos y otorgar avales.

Para el caso de cargos uninominales el debate será en llevar candidato único cada coalición y sobre todo poner reglas claras, como la consulta o encuesta para que al final la coalición no salga lastimada. Por ejemplo, una regla de oro puede ser que se realice consulta si hay más de un candidato.

Para el caso de cuerpos colegiados la situación es más complicada, pero se deben buscar alternativas como encuestas o cuotas por partidos. En este caso es más fuerte la Coalición Colombia que tiene arraigo regional más fuerte y más diverso. En el petrismo todo está por construir.

2. El segundo tema es clarificar en cada coalición un acuerdo programático.

Aquí la situación es la contraria al primer punto. Pues en el caso de la Colombia Humana hay más coherencia ideológica y apuestas comunes entre los principales líderes de esta coalición. Mientras que en la Coalición Colombia hay gente de centro derecha, centro y centro izquierda, y aquí son más que necesarios unos mínimos acuerdos programáticos, que den cuentas de situaciones locales y regionales.

3. El tercer tema se refiere al papel que van a asumir las principales figuras de cada coalición a nivel nacional y en temas centrales como la paz o las reformas económicas que va a emprender el nuevo gobierno de Iván Duque.

El papel de Petro está mucho más claro, pero  por los lados de la otra coalición la pregunta es sobre el papel de Fajardo y el de la propia Claudia López. Van a tener que calcular muy bien, si juegan en lo local o se reservan para el 2022, con el riesgo de desdibujarse en los próximos cuatro años.

La Coalición Colombia en las presidenciales: el fracaso del centro

La Coalición Colombia en las presidenciales: el fracaso del centro

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Por Edwin Cruz*

La Coalición Colombia, que reunió las agrupaciones Compromiso Ciudadano, Alianza Verde y la fracción del Polo Democrático liderada por el MOIR, tuvo un importante desempeño en las elecciones presidenciales hasta el punto de que, en contra de las encuestas, estuvo cerca de desplazar a Colombia Humana de la segunda vuelta presidencial. Sin embargo, fracasó rotundamente en su intento de constituir una identidad y un discurso políticos de centro.  

La Coalición encontró un espacio discursivo saturado, más que polarizado. El lugar del centro ya estaba ocupado por Petro, cuyo discurso de modernización capitalista teóricamente no se distingue mucho de la “tercera vía” de Santos. Los dirigentes de la Coalición se sitúan más a la derecha que a la izquierda. Comparten con las élites su añejo temor frente a formas de política basadas en la interpelación directa del pueblo.

Su electorado estuvo compuesto, para simplificar, por tres tendencias. Primero, personas que quizás simpatizan con las propuestas de la derecha uribista pero que no ven con buenos ojos sus métodos ni su prontuario criminal. Segundo, gente que no necesariamente se define como de centro, pero que rechaza la clase política tradicional y ha visto en personas como Antanas Mockus, Sergio Fajardo y Claudia López una política alternativa, que por distintos factores no encuentra en la izquierda. Y tercero, un grupo reducido de izquierda que por razones estratégicas o ideológicas prefería votar por la Coalición que acompañar a Colombia Humana.  

Para abrir un espacio en el centro, la estrategia de la Coalición se enfocó en desplazar a Petro hacia el supuesto extremo de izquierda, magnificando las diferencias. En esa disputa, que predominó en la primera vuelta, el principal error de la Coalición fue erigir como su principal enemigo al líder de Colombia Humana.

Inicialmente, el discurso de la Coalición se articuló contra la corrupción. Establecía como antagonistas a la clase política tradicional y al uribismo, dejando abierta la posibilidad de una articulación con Colombia Humana. Sin embargo, frente a la avasallante capacidad de Petro para articular nuevos votantes en sectores tradicionalmente marginados del escenario político y crecer en las encuestas, la respuesta de la Coalición fue moverse más hacia la derecha.  

La preponderancia que tenía la lucha contra la corrupción cedió en la primera vuelta ante el predominante rechazo del “castrochavismo”, que tuvo como protagonista a Claudia López, quien con endebles argumentos y prejuicios identificó, sin más, la opción representada por Petro con el uribismo, arguyendo que ambos significaban acabar con el país.

La reiterada negativa de la Coalición a establecer una alianza amplia y realizar una consulta en la que participara Colombia Humana se explica por las mismas razones. Además de apoderarse del centro, al establecer un marcado antagonismo con Petro, la Coalición buscaba tanto asegurar como cautivar más votos en la derecha. Este parecía un movimiento inteligente, teniendo en cuenta que sus escasos votos de izquierda, incluso los del MOIR, iban a terminar en Colombia Humana.  

En efecto, en el análisis de la Coalición estaba claro que su principal adversario en la primera vuelta era Petro y en la segunda lo sería el uribismo.

De ahí que en lugar de construir un discurso político de centro, concentrara sus esfuerzos en atacar a Petro, incluso con la curiosa invectiva según la cual Fajardo era el único que podía vencer al uribismo en segunda vuelta. Como consecuencia, no solo omitió marcar una frontera que la diferenciara del uribismo, sino que quedó totalmente desarmada frente a él.

En la primera vuelta predominaron las manifestaciones de desconfianza y de odio frente a Petro, mientras se hacían pocos cuestionamientos al candidato uribista. Incluso en la segunda vuelta la preocupación nuevamente se concentró en Petro. Quienes optaron por el voto en blanco continuaron afirmando que él y Duque representaban dos males equivalentes, reafirmando los prejuicios tantas veces refutados por la conducta del líder de Colombia Humana. 

Esa estrategia de la Coalición envió un mensaje erróneo, según el cual es más grave el “castrochavismo” –con todas las falacias que acompañaron su argumentación- que la tan denunciada corrupción. El elector de derecha, potencial votante del uribismo aunque no comparta sus métodos y su prontuario, captó a la perfección este mensaje.

Frente a un mal tan enorme como el “castrochavismo” era obvio que muchos votantes prefirieran la mano dura conocida del uribismo que la elusiva alternativa que ofrecía la Coalición. Para esos electores, el diagnóstico de la disputa electoral en términos de “polarización” y la acusación de que Petro alentaba el conflicto de clases, que con tanta vehemencia y eficacia difundió la Coalición, en lugar de impulsarlos a votar por el centro, los llevó directamente a los brazos del uribismo. 

En otros términos, la campaña de la Coalición se concentró en darle la razón a quienes preferían apoyar el retorno del uribismo que arriesgarse al establecimiento del “castrochavismo”, con todas las consecuencias negativas que eso tiene en términos de la construcción de una cultura política democrática, pues de esa manera terminó por legitimar la exclusión del espacio político legítimo de todo aquello que pueda ser asimilado a izquierda política, incluido el medio millar de líderes sociales asesinados.

De ahí el abultado caudal de Duque.  

De ahí también las dificultades que tuvieron los dirigentes de la Coalición proclives a una alianza con Colombia Humana en la segunda vuelta.

Manifestar cualquier apoyo implicaba pactar con el demonio del “castrochavismo”, que días antes se habían esforzado en desenmascarar. Con eso quedó demostrado que, en última instancia, el pegamento de la Coalición estaba hecho de “antipetrismo”.

Aunque las divisiones fueron presentadas como producto de la “política respetuosa” que pretenden reivindicar, un respeto que no demostraron frente al “petrismo”, pusieron en evidencia que se explican por la ausencia de un discurso político y de unos principios coherentes y compartidos.  

Las rupturas en la Coalición no se habrían presentado si realmente hubieran trabajado por construir un discurso, un proyecto político, más allá de ese antagonismo con Petro. La opción del voto en blanco, por la que optaron sus dirigentes más a la derecha, habría tenido legitimidad si no se hubieran presentado divisiones. Eso habría implicado un discurso que estableciera claras diferencias con Petro, pero también respecto del uribismo, para que constituyera realmente una manifestación simbólica de centro, tal como fue vendida. Al contrario, el voto en blanco fue una táctica retórica para ocultar su preferencia por el uribismo.  

Por lo mismo, el futuro de la Coalición no puede ser más que sombrío. La identidad política de centro está por construirse y será más difícil hacerlo en coyuntura no electoral y con un gobierno propenso a dividir el mundo entre buenos y malos, como en las administraciones de Uribe.

Ahora los actores de la Coalición no solo no podrán establecer un antagonismo con Colombia Humana, sino que necesariamente deberán cooperar con ella en la oposición al uribismo. Y tendrán que hacerlo en un contexto en donde Petro está en mejor posición para liderar cualquier iniciativa en favor de la paz y en contra del abuso de poder que indudablemente tendrá lugar. 

El tiempo demostrará si son capaces de despojarse de sus prejuicios para conseguir esa cooperación o continuarán soñando con cambiar el país sin afrontar primero el reto de cambiarse a sí mismos.

 

Vía Palabras al Margen


Politólogo, especialista en Análisis de políticas públicas de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia, candidato a doctor en Estudios políticos y relaciones internacionales e integrante del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas de distintos países. En 2011 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo sobre América Latina (categoría estudiante de doctorado) del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá

Por qué se puede, y se debe, criticar el voto en blanco

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Por Regis Bar vía Palabras al Margen

La primera vuelta de las presidenciales en Colombia fue a todas luces histórica. Por primera vez, los dos candidatos que pasaron a segunda vuelta están ubicados en la oposición. El candidato que representaba el Establecimiento y el continuismo fue claramente derrotado, mientras que el candidato de la izquierda logró una votación impresionante. La votación adicionada de Petro, Fajardo y De la Calle fue superior al 50%, significando un rechazo importante de las maquinarias por parte de la ciudadanía y una voluntad de cambio alternativo en el poder. Los dos candidatos que quedan representan los dos extremos del panel de candidatos que había en primera vuelta, por lo que varios políticos u opinadores de centro han planteado, de manera bastante superficial, que ambos son igualmente “extremistas”. En este contexto, muchas voces han reivindicado el voto en blanco como la mejor opción para no tener que votar por ninguno de los dos “extremos”. Sin embargo, es primordial cuestionar la validez de ese voto de cara a lo que está en juego en esta segunda vuelta, en particular con respecto a los electores que se identifican con el centro, que defienden los valores “liberales”, que están a favor de la paz y que son críticos de Álvaro Uribe.

Una elección entre dos opciones muy distintas

Probablemente por primera vez en la historia de Colombia, se enfrentan en la segunda vuelta presidencial dos visiones políticas radicalmente distintas. Por un lado, Iván Duque, candidato de la derecha radical, defensor de una agenda claramente conservadora, que tiene como aliados a los sectores religiosos reaccionarios, los dueños de las maquinarias y los herederos de la parapolítica, que defiende los intereses del expresidente Uribe, y que dejará morir el proceso de paz haciendo modificaciones sustanciales y enredando la implementación. Es decir, sin que haya necesidad de “hacerlo trizas”.

Por otro lado, Gustavo Petro, candidato de izquierda (y no de extrema izquierda como han intentado señalarlo sistemáticamente varios opinadores y periodistas), que reivindica el liberalismo “original”, que ha buscado un diálogo con el centro desde el principio de la campaña, que defiende la estricta implementación del proceso de paz y que representa una esperanza de cambio democrático para los sectores tradicionalmente marginalizados. No se puede negar que la figura de Petro asusta a una parte significativa de la sociedad colombiana, en parte por la repetición de señalamientos engañosos en su contra. Pero si bien se le puede hacer muchas críticas, por ejemplo sobre su mandato de alcalde o sus “peleas” con varios de sus colaboradores, no se puede olvidar que fue un congresista ejemplar y que su paso por la alcaldía fue marcado por la persecución del Procurador General, quien se encuentra justamente ahora en la campaña adversa.

Es importante destacar que más allá de la evidente distinción entre dos visiones políticas, esta elección es entre un candidato que representa un grupo político que tiene numerosos vínculos con la criminalidad y otro que se ha destacado por su lucha frontal contra la corrupción y las mafias. En efecto, Duque es el ungido por Álvaro Uribe, quien tiene una infinidad de procesos penales abiertos en su contra y numerosos colaboradores cercanos condenados, a quien los paramilitares le hicieron campaña para la presidencia y que luego gobernó con la ayuda de los parapolíticos. Mientras que Petro no tiene ningún señalamiento de corrupción en su carrera política y se destacó por sus denuncias contra la parapolítica y el carrusel de la contratación en Bogotá.

Un gobierno de Duque no sería un uribismo “light”

Algo que puede motivar a algunos a votar en blanco es la hipótesis de que un gobierno uribista 2.0 sería menos duro que los ocho años de presidencia de Uribe. Sin embargo, se trata de una hipótesis muy arriesgada y que carece de fundamentos. En efecto, si el uribismo volviera al poder estaría “recargado” y con un espíritu de revancha, sin contrapesos institucionales (con mayoría absoluta en el Congreso y sin el papel de “contención” que tuvieron las Cortes durante la presidencia de Uribe) y con la presencia significativa de importantes sectores religiosos reaccionarios. Por lo tanto, un nuevo gobierno uribista representaría una seria amenaza para las libertades individuales, los derechos de los grupos minoritarios, la laicidad, el proceso de paz (incluido el proceso con el ELN) y la restitución de tierras. Además de que aumentaría las profundas desigualdades socioeconómicas.

Otra hipótesis que va en el mismo sentido es pensar que Duque podría ser un presidente independiente de Uribe, o que podría incluso “traicionarlo” como lo hizo Santos. Esta hipótesis es muy ingenua y la comparación con Santos no tiene sentido, pues cuando este último llegó a la Casa de Nariño, tenía un largo recorrido, no solamente en la política sino también en la diplomacia y en el periodismo, y tenía hasta una fundación propia. Además, su relación con Uribe no era realmente estrecha sino que fue para él un medio de alcanzar su meta mayor, es decir, convertirse en presidente. Por el contrario, Duque no tiene ninguna estructura propia, ha pasado la mayor parte de su carrera fuera del país, y todo su “éxito” político lo debe a la figura del expresidente Uribe. Entonces no hay que engañarse con la figura “nueva y moderna” de Duque porque en su presidencia gobernaría una fuerza auténticamente uribista y conservadora.

La no relevancia del voto en blanco en segunda vuelta

Un argumento a favor del voto en blanco consiste en decir que con una alta votación por esta opción se tendría una mayor legitimidad y fuerza para hacerle oposición al futuro presidente. Sin embargo, es un argumento que carece de soporte, pues eso nunca ha pasado en ninguna elección presidencial, dado que para que el voto en blanco tenga realmente un peso en segunda vuelta su votación tendría que ser superior a la del candidato perdedor. Algo muy improbable y que de todas maneras sólo tendría un valor simbólico y de corto plazo. En vez de ser un argumento consecuente, parece entonces que se trata más bien de un intento de justificar su rechazo a votar por Petro pero posicionándose a la vez como futuro opositor al gobierno de Duque.

Uno puede considerar legítimamente que Petro no es el mejor candidato contra Duque y que hubiera sido mejor alguien más moderado y menos “polarizador”, pero Petro es el candidato que hay y en este caso la pregunta que hay que hacerse es si él representa una opción más deseable que la del regreso del uribismo al poder o no. Algunos analistas políticos fingen no saber que la segunda vuelta presidencial se distingue de la primera precisamente porque no se trata fundamentalmente de un voto de adhesión sino de un voto de “eliminación” para gran parte de los electores, es decir, que votan para descartar la peor opción. Esto es una “ley universal”, que pudo corrobarse muy bien hace cuatro años con la victoria de Santos frente a Zuluaga. En el caso actual, para alguien que no quiere que vuelva el uribismo al poder o que siga gobernando la misma clase política tradicional, es fácil entender por cual de los dos candidatos hay que depositar su voto.

La necesidad de escoger

Algunos defensores del voto en blanco afirman que no hay que votar con el miedo sino con la esperanza, y que por lo tanto si uno no se entusiasma ni por Duque ni por Petro es mejor votar en blanco y ser “coherente” consigo mismo. Esto se parece más a una postura seudo filosófica y desligada de los acontecimientos políticos que agitan el país que a la de un ciudadano responsable que usa su derecho al voto a conciencia. El miedo sí puede ser un motivo legítimo a la hora de votar, a condición de que se trate de un miedo “racional”. En este sentido, el miedo a un gobierno de Duque es un miedo fundamentado en el balance de los años de gobierno de Uribe, en la agenda ultraconservadora y en contra del proceso de paz del Centro Democrático, y en los apoyos que ha recibido su campaña. Mientras que el miedo a un gobierno de Petro, si bien puede basarse para algunos en un balance juzgado negativo de su mandato de alcalde, responde en gran medida a señalamientos inverosímiles en su contra, que casi siempre tienen que ver con el gran mito del “castrochavismo”.

El voto en blanco es en teoría totalmente respetable. Sin embargo, en algunas circunstancias particulares es un voto que traduce una postura de “lavarse las manos”, y que incluso puede considerarse como una irresponsabilidad. En esta segunda vuelta, la victoria de Duque amenaza de manera clara el frágil proceso de paz así como la precaria democracia colombiana, lo uno teniendo que ver con lo otro. Si uno, a pesar de esto, considera que el uribismo y Petro son dos peligros “populistas” equivalentes, y que por lo tanto ambos llevarían el país al desastre, entonces está  cayendo en un grave error político y ético. Negarse a escoger entre Duque y Petro es de cierta manera negarse a mirar la realidad del país, en particular la que se vive en los territorios y en las periferias, donde las repercusiones del conflicto armado, así como las del gobierno uribista, han sido más fuertes. Es preciso votar pensando en las consecuencias que tendría el resultado para el conjunto del país, por encima de su propia persona, en particular para los sectores de la población más “vulnerables”. En este sentido, votar en blanco es como desligarse del destino del país.

El significado de la candidatura de Petro

Es un error reducir la candidatura de Petro a su personalidad, porque impide entender lo que ha pasado con su campaña presidencial y que es probablemente inédito. Petro pasó de tener 1,3 millones de votos en el 2010 a 4,8 millones ocho años después, sin que su “personalidad” haya tenido cambios fundamentales y luego de una experiencia de gobierno local que fue catalogada por la gran mayoría de los medios del país como negativa. Petro arrancó esta campaña con todos los pronósticos en contra, pero poco a poco su candidatura ha tomado fuerza y ha tenido un respaldo popular creciente, a tal punto que llenó numerosas plazas por todo el país, sin el actuar de maquinarias y por el solo entusiasmo de la gente. Es preciso entender que la candidatura de Petro trascendió totalmente la izquierda y desbordó su propia persona para convertirse en la esperanza de un cambio real para millones de colombianos. En este contexto, la decencia implica apreciar a su justo valor esa esperanza y no deslegitimarla afirmando que es un simple efecto del “populismo” del candidato.

Hace cuatro años la gran mayoría de los electores de izquierda fue capaz de votar por Santos para defender el proceso de paz y para detener el regreso del uribismo al poder. Hoy lo que está en juego es bastante similar, y entonces la pregunta es si una gran mayoría de los electores de centro será capaz de votar por Petro con el mismo propósito. A quienes no quieren votar por el uribismo pero tampoco por Petro porque no les entusiasma, hay que tratar de convencerlos, hasta el último minuto, que en esta segunda vuelta histórica no se trata de votar por un candidato que lo representa a uno sino por el que más le conviene al país. Sería trágico que Colombia perdiera esta ocasión única de derrotar a toda la clase política tradicional y de impulsar un verdadero cambio democrático porque ciudadanos, que en principio quieren una alternativa política, votaron en blanco con el argumento de que la personalidad de Gustavo Petro no les conviene.

La agonía de la maquinaria ‘barretista’ en la primera vuelta

La agonía de la maquinaria ‘barretista’ en la primera vuelta

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Por Camilo Arteaga

A German Vargas Lleras en la arena, estrenando golpes y dando coscorrones al que se atravesara en su camino felino, delegado plenipotenciario de la plutocracia bogotana, hermano de clase social de Santos y vicepresidente de su gobierno, jefe, director y tesorero del plan vial de las 4G. Con eso queda dicho todo, ese fue el gran derrotado en la primera vuelta presidencial, quedó por fuera de la carrera presidencial el candidato más poderoso en materia política, burocrática y económica. 

Técnicamente es la derrota de German Vargas Lleras, pero políticamente es la derrota del ‘barretismo’ que se apoderó de esa campaña y mostró que era un “Presidente barretista” en el departamento y les dieron trato de segunda categoría a aliados territoriales como Emilio Martínez, el representante de La U, Jaime Yepes Martínez y a todo el conjunto del partido de Cambio Radical en el Departamento del Tolima.

La candidatura de Germán Vargas Lleras era vista en la calle como la candidatura de la unidad nacional, esa coalición de partidos políticos que se pegaron a la teta del presupuesto nacional durante los ocho años de mandato de Juan Manuel Santos para aprobarle sin debate alguno sus proyectos y caprichos legislativos.

Con Germán Vargas Lleras terminó la estructura política del gobernador Barreto que en tiempos memorables era un recio crítico del ex Vicepresidente y del Gobierno de Juan Manuel Santos que apoyó en su primera elección y por incumplimientos de los acuerdos burocráticos por parte de Santos marcó una distancia y terminó apoyando a Óscar Iván Zuluaga en la elección del 2014, pero con todos esos antecedentes primaron las ambiciones de sus asesores espirituales Castro, Orozco y Hurtado,  puso su estructura en cabeza de la representante electa Adriana Magaly Matiz y por circunstancias que aun no se conocen, fue muy poco el entusiasmo del Representante y senador electo Miguel Ángel Barreto.

¿Quizás el senador nunca estuvo convencido de esa alianza? ¿El senador electo a diferencia de su primo el gobernador entendió que sus estructuras en municipios e Ibagué estaban con el ahora enemigo político del segundo, Uribe? ¿El senador también entendió que el jefe natural de la derecha es Álvaro Uribe, espectro ideológico en el que siempre se ha movido  Barreto?

Y Claro, también siempre existirá esa masa de lagartos y burócratas que no se sonrojan brincando de un gobierno al otro…terminaron apoyando esa candidatura.

Con lo resultados del preconteo de la elección de hoy es claro que el ‘barretismo’ no pudo controlar sus  estructuras regionales a favor de Vargas Lleras, así como lo hizo para la representante electa Adriana Magaly Matiz el pasado 11 de Marzo cuando movió los votos a base de repartos de beneficios desde el Estado.

La maquinaria funciona un poco como un mercado, o como un juego de expectativas. No es que alguien tenga una cantidad X de votos asegurada desde el principio, sino que logra aspirar hacia sí mismo esa cantidad si su victoria es creíble y los beneficios aparejado con la misma también lo son.

En ese sentido, los malos resultados demoscópicos fueron una barrera para que el ‘barretismo’ haya cerrado muchos acuerdos las últimas semanas: todos los leen, también quienes ponen su voto o el de su gente en el mercado del clientelismo. Así la maquinaria del ‘barretismo’ sufre dos derrotas en escalas diferentes pero al fin y al cabo derrotas, la elección atípica de la alcaldía de Purificación y ahora el del paso a segunda vuelta presidencial, con su candidato German Vargas Lleras.

Los datos son demoledores en el sur del Tolima (Planeadas, Ataco, Chaparral, Rioblanco y San Antonio): la maquinaria del ‘barretismo’ para la representante electa Adriana Magaly Matiz fue de una importante votación de 7865 votos, mientras que Vargas Lleras en el preconteo de la Registraduría, en esos mismos municipios, obtuvo 4127, cinco veces menos que Iván Duque, que superó los 29 mil votos.

En Ibagué, la Representante electa Matiz obtuvo 13258 votos, mientras que Vargas Lleras con el ‘barretismo’ y el conjunto de partidos (Cambio Radical, La U de Yepes) obtuvo 12492 votos. Unos resultados que hacen apología al fracaso rotundo, eso son los datos y hay que decirlos.

Surge la pregunta ¿Ha construido el gobernador Barreto una jefatura política? Los datos demuestran que no.

Se aproxima un movimiento en la política del departamento para la segunda vuelta presidencial, muy interesante. ¿Qué hará el ‘barretismo’ y su estructura? Cómo van a llegar al uribismo representado en Iván Duque, cuando en entrevista del pasado 8 de Abril en el Nuevo Día el Gobernador afirmó “Voceros del uribismo no tienen ningún voto”, ¿o los asesores espirituales del Gobernador le recomendarán moverse al espectro de la izquierda más radical representada en Gustavo Petro?

 

Maullido: Muchos ruidos en los ascensores de la gobernación, que un secretario renuncia para aspirar a un cargo de elección popular. ¿Se encuentra inhabilitado? 5…4…3…1.