Es el momento de recordarlo: la distopía es el presente. O mejor, no hay más distopía que la vida presente. Y este presente, distópico, se asoma para recordarnos, en forma de pandemia, que nuestra estancia en el mundo es frágil.

Sabernos frágiles ha sido una de nuestras mayores certezas. Pero, con el pasar de los años y con la acomodación que nos rodea, hemos olvidado esta sucinta condición para, con un carácter invencible, toparnos con la más dura verdad: no hay contención para el tiempo.

Y ahora, aislados, encuarentenados, sódlo podemos mostrar el pánico de lo que siempre hemos sabido pero creíamos desconocido: que el mundo es (ha sido y lo será) global. Y con la globalización, pues, tenemos la estructura red que se ha ido desplegando y pegando a cada una de nuestras realidades para convulsionar rutinas y hábitos económicos, sociales, educativos, emocionales y sentimentales.

Algunos dirán que esto es el efecto mariposa, que lleva a que el sutil volar de una mariposa en China produzca un confinamiento de la población mundial. Pero, como ya lo hemos visto en la infinita red de noticias que saltan sin querer por cuanto chat análogo o virtual al que tenemos acceso, no todos pueden quedarse confinados y por eso, ya estamos viendo los estragos de la pérdida de la localidad: cada vez somos más los que no tendremos que comer, los que no tendremos con que vivir.

Es la vida la que se (re)siente en momentos como estos, para cada quién con sus asimétricas dimensiones, pero a todos por igual. No salir es quizás la menor de las preocupaciones. Las reales preocupaciones, globales como no, están aún por mostrar sus dientes, y entrar de ese modo, en la mordedura, a disputar lo que debe ser común para cada uno de nosotros de aquí en adelante.

Porque, como lo recuerdan fatídicamente y con voz queda en las noticias corrientes que nos saturan, ¡Ay!, el mundo que hemos conocido ya no será más, pues en él, lo recurrente será la entropía que limpiará, en el mejor de los casos, todo el caos generado por esta especie tan antropocéntrica, que desde hace ya unos miles de años se ha tomado la exclusividad en la dominación de las demás especies, a tal grado, que el consabido “calentamiento global”, continuará subiendo la temperatura de las revoluciones para trastocar esas pacientes estructuras que se fueron poniendo para llevarnos a poblar esta ciudad globalizada que se llama Tierra. Lo dicho, mera distopía.

Veremos las presentes consecuencias en unos pocos meses, cuando la histeria económica haga sucumbir a los prominentes lideres que ya no pueden liderar el cambio que ellos mismos aún no han previsto, solo por estar mirando las maneras extremas de continuar acumulando ese específico conocimiento de usufructo privado.

Y, las consecuencias, para no alarmarse más de lo que ya estamos y para ver que estos estratos de penurias sirven para afianzarnos en la costumbre de lo precario, serán un poco más de lo mismo: aislamiento. Más aislados y virtuales que nunca. Así es, así ha sido. La distopía nunca duerme, pues nosotros somos la distopía.

Los errores que hemos conocido y que se repiten como historia, son lo que nos permiten olvidar que lo hecho debe ser rehecho, pues, en el eterno retorno, no hay nada más viral que la “repetición constante de una permanente”, como lo pensará Deleuze y Guattari para hablarnos de un medio.

Y, en la repetición constante de ese medio global, es que sabemos que la coevolución de todos los integrantes de esta ciudad terrenal, nos lleva a estar en permanente disputa de los pocos medios con los que disponemos. Ahora, viralizamos para exponer el deterioro global.

Mañana, viralizaremos para exponer una nueva versión, una nueva cepa de este deterioro. Todo, eso sí, con el único fin de aprender en algún momento de nuestra historia, que no estamos solos, que el tiempo es y será siempre nuestra mejor contención viral.