De nuestra resistencia a tu gobierno cruel y perfecto, existen altares donde posamos nuestras flores.

Si no fuera por las flores, no sabrías de la belleza y nosotros no sabríamos de tu peligro.

Si no fuera por los altares, olvidaríamos que nuestro sueño es verte desfilar hacia un cadalso de mármol blanco con decoraciones barrocas de oro puro. Inmaculado como lo indiscutible del poder. Perfecto como un sueño del que no salimos al escucharte declamar.

Deformación del mito y rutina del esclavo que acaricia con certeza esa piedra brillante que dibuja su sonrisa.

La victoria se nos ha escapado y nuevamente es ceniza, ceniza, ceniza y lejía como polvo de la estrella más cercana que quema como un mal recuerdo.

Nuestros lamentos no alcanzaron para ser historia, y cuando teníamos claros los recuerdos de nuestra memoria, cuando parecíamos tranquilos como agua estancada, lanzaron una piedra y nos volvimos turbios como un miedo que no se decide a salir y se protege con pataletas infantiles.

Pergaminos de oro los que emiten las fuentes de tu ideología, feroces réplicas que emanan de tu escuela y decididas sentencias, desde tus altares domestican a todas nuestras bestias.  

Si tan solo despertáramos a nuestras bestias, no llevaríamos flores hasta tus altares. Quizás fueran tus apologías, las responsables de nuestro lento suspiro, de nuestro olor neutro… así como después de la lluvia.

Las logias de la concordia marchitan toda la potencia de nuestra violencia y el gobierno negacionista nos confunde hasta la disociación. No hay posverdad en el calabozo del presente. El pasado es el tapete de la entrada; el futuro es pólvora fabricada con tus manos.  

De las selvas vino un mensaje, de las cordilleras bajó la verdad, del campo fecundo germinaron cosechas de sangre, delirio divino que porta la maldición de divertir al justo y al injusto. Mientras el campesino sufre, en la orilla urbana hay relajación y exaltación. Mientras el campesino sufre, que se viva la vida que solo hay una y hay que vivirla; hasta el día en que se acaben las clases sociales, en que se acabe la violencia, en que no exista ni Estado ni gobierno, hasta ese día en que todo lecho, sea cementerio o fosa, será un paisaje sin gracia bajo una luna indiferente.  

Los cuerpos de los muertos al parecer son el abono. Pero sobre tus labios, se pintan de amarga inocencia y voluntad emprendedora. El amor que sientes hacia tus esclavos es una obra digna de tener las llaves de Simón Pedro; oro y la plata que ata y desata, tierra y ley que mata y encanta. 

Haces de la barbarie una bendición. Haces de nuestras pesadillas un sueño merecido. Haces de nuestro martirio el dulce amanecer de tus verdades incuestionables, de tu sonrisa tan pálida, pero tan oportuna para convencer al extranjero.

No alimentas nuestros sueños, pero nos regalas el pragmatismo que nos condena a la impotencia.

¡imponente impotencia! delicada y certera que como aguja atraviesa nuestro pecho, desgarra nuestros órganos en medio de la liturgia de la cual somos ofrenda, con esa sensación de estar reventados por dentro, de que algo escurre muy adentro, ese malestar y desconfianza sobre nuestros mundos imposibles.  

Flores para tus altares vencedor de vencedores, entrometido bendito y fabricante de nuestras dudas, flores para tus altares.

Flores para tus altares, las llevamos descargando con desprecio, aquel mecanismo prolongado de la indignación que nos permite derramar las lágrimas sin drama.

Flores para tus altares modelo de vida, moral verdadera, razón de la política y la economía, regente de la cultura a la que más de un inconforme aún con tus delirios, le hace el amor noche tras noche.

Flores para tus altares, porque conviertes el exterminio humano en oportunidad. Tu lógica del padre estricto y nuestro orificio por donde la sangre entra ¡Flores para tus altares!

No hay merito, solo flores. No hay mérito solo canto y flores. Llanto innecesario para tu bronce inconmovible. Canto delirante de nuestras conspiraciones que aún no saben si las espían en las noches.

Colombia es un país del delirio conformista gracias al porte de tu ideología. Tu que no das el brazo a torcer, tu que no negocias, tu que sabes de Maquiavelo, tú y tu intransigencia ganadera, tú y tus esclavos que solo saben de las flores que hay que llevar a tus altares.

Flores para tus altares, donde exhibes el cadáver de la democracia, que mientras más se pudre mejor huele. Un cadáver que no se llena de inquietas y olorosas larvas, sino de sonrientes y sedentarios defensores, aquellos esclavos que solo saben de las flores que hay que llevar a tus altares.

Flores para tus altares, que un día serán pequeños al lado de nuestros mausoleos. Porque así será, levantarás a nuestros muertos de todos tus olvidos, y llorarás por cada lágrima que derramamos, nos pedirás perdón por las flores que llevamos hasta tus altares.