No es cierto que hasta hace menos de diez años el ser humano está poniendo en duda su forma de vivir en la tierra, pues eso sería dejar de lado las reflexiones sociales y políticas que se iniciaron desde los años 50’s y tomaron forma en la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medioambiente Humano, realizada en Estocolmo en 1972.

(Foto llamada Coexistencia: tomada por Damaris Rozo en San José del Guaviare) (Foto llamada Coexistencia: tomada por Damaris Rozo en San José del Guaviare)

Paradójicamente, los países industrializados fueron los que lideraron la inserción de los temas ambientales en esta discusión internacional. Dicha iniciativa no se dio por altruismo o consciencia ambiental, más bien se dio por la tremenda crisis ambiental generada por aquel venerado y enaltecido desarrollo industrial a gran escala. Esta forma de desarrollo nos permitió hablar por primera vez de contaminación y su impacto en el ser humano.

Más allá de los avances y de los debates consignados en la Declaración de Estocolmo en los gloriosos 70’s, y todo lo que prosiguió después de ésta declaración respecto a los asuntos ambientales en el mundo, hoy nos damos cuenta que está ganando la destrucción, ambición y consumismo propios de la razón moderna.

Se preguntarán ¿qué rayos es la razón moderna? Ciertamente hay varias aproximaciones al respecto; sin embargo, aquí se piensa en aquella razón en la que la ciencia, en función del capitalismo y la guerra, se insertó como un chip en nuestros cerebros, fibras y prácticas. Inserción que construyó verdades dramáticas –aún hoy poco cuestionadas- como que la naturaleza es un objeto moldeable para los intereses de aquel sujeto-humano que tiene que suplir sus necesidades acoplándose a las relaciones de mercado y explotación.

¿Qué tenemos hoy en pleno siglo XXI? El fortalecimiento indiscutible de esta problemática visión de la naturaleza como objeto separado e independiente del ser humano, el que con su egoísmo y autodenominación, como especie civilizada y más desarrollada que cualquier otra sobre el planeta, no ha hecho más que acabar con todo lo que lo rodea.

La invisibilización histórica de la interdependencia e interconexión sabia entre la naturaleza, las especies animales no humanas y las humanas nos ha dejado una crisis ambiental hoy palpable y más visible que nunca.

La razón moderna le vendió al mundo progreso, desarrollo y riqueza. Ahora esta razón está en crisis, pero no lo reconocemos y esperamos a que las ideas pensadas para las problemáticas intelectuales, sociales, políticas y económicas del siglo XIX respondan y den solución a los asuntos del siglo XXI. Como no entender que nuestro siglo demanda alternativas, rupturas y ¿por qué no? alejamiento de las promesas de la modernidad.

(Foto llamada vida en la vida: tomada por Damaris Rozo en Bogotá)      (Foto llamada vida en la vida: tomada por Damaris Rozo en Bogotá)

¿Qué problemas le estamos dejando al pensamiento del siglo XIX que no estamos asumiendo con responsabilidad en nuestro siglo? Todos. La acidificación de los océanos, la contaminación de los ríos y mares, los imparables e implacables incendios forestales, la contaminación del aire, del agua, de las ciudades y de las selvas, las pérdidas aceleradas de fauna y flora, el cambio climático, la aceleración de la deforestación, el incremento de los gases efecto invernadero, la insatisfacción constante y el deseo de consumo y, en últimas, la necesaria resignificación de la relación naturaleza-ser humano.

¿Será entonces que no hay capacidades cognitivas o alternativas viables para responder a los problemas del siglo XXI? Ciertamente, existen estas capacidades y alternativas. Es más, muchas veces son tan impresionantes las nuevas aproximaciones o aquellas que fueron invisibilizadas por los civilizados modernos que es imposible no sentirnos orgullosos de ser humanos.

(Tomada por Damaris Rozo en San José del Guaviare)      (Tomada por Damaris Rozo en San José del Guaviare)[/caption]

Sin embargo, lo que no existe es voluntad política para la transformación global sobre la necesaria ruptura epistémica, pues la visión extractivista proveniente de un capitalismo llevado al extremo quiere quedarse, un chip que aún hoy no sabemos si podremos quitárnoslo o no. Esto no permite transitar a ese tan anhelado cambio, a esos nuevos mundos en los que el ser humano reconoce su interdependencia con la naturaleza y logra trabajar con ella y no en su contra.

Que más ejemplo de esto que los limitados avances en la COP25 o los constantes llamados a la violencia que nos tienen al borde de desencadenar una tercera guerra mundial y de continuar los círculos de sufrimiento, muerte y dolor al fortalecer contextos de conflicto armado como en Colombia.

A pesar de ello, no se puede caer en la desesperanza. Hay que visibilizar lo invisible, trabajar por la resignificación de la relación ser humano-naturaleza, plantear alternativas y generar ideas sostenibles de vida de forma incansable y permanente.

(Tomada por Damaris Rozo en San José del Guaviare)        (Tomada por Damaris Rozo en San José del Guaviare)

Ahora la necedad es el camino, pues el sistema socioeconómico imperante quiere llevarnos a la destrucción, o mejor, a la autodestrucción. Pero hay más que eso, pues hay muchos jóvenes y adultos que están trabajando por deshacer aquel chip moderno a través de una educación ambiental en territorio.

Esto con el fin de responder a los problemas de nuestro siglo, a pesar de las amenazas y silenciamientos constantes sufridos por aquellos lideres ambientales y sociales, que luchan día tras día por una transformación sociocultural profunda. Estos líderes entienden la crisis en la que estamos y quieren remediar de alguna forma las atrocidades en contra de la naturaleza que las generaciones pasadas cometieron y que, en gran medida, están perpetuando las generaciones presentes bajo el ideal de progreso.

Por ende, recordando las palabras de Boaventura de Sousa Santos, es vital en la actualidad “ser utópico, ya que es la manera más consistente de ser realista en el inicio del siglo XXI”, esto nos permitirá crear y cambiar, pues otro mundo es posible.