Por: Julieth N. Villegas

 

Acaban de celebrarse tres años de la firma de los Acuerdos de Paz en Colombia, y Rodrigo Londoño ha sido invitado a Guadalajara para recibir el galardón Corazón de León, otorgado por la Federación de Estudiantes Universitarios en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades.

Ahora, Timochenko o Timoleón o Timo, como es más conocido, es recibido en el auditorio del Partido del Trabajo de la Ciudad de México y aquí, como en Guadalajara, repite como un mantra que si en los setentas ser revolucionario había sido coquetear con la clandestinidad y tomar las armas; hoy por hoy la verdadera revolución consiste en ponerse la camiseta blanca y abrazar la paz.

Aunque el conversatorio en el PT había sido convocado para realizar un balance del Paro Nacional que se desarrolla en Colombia desde el pasado 21 de Noviembre, y que ha roto con las expectativas de cualquiera -porque habremos de admitir que, en términos de movilización popular, de Colombia nunca nadie ha esperado mucho-; se decantó, como era necesario, por el Proceso de Paz y los muchos obstáculos que el gobierno actual y la ultraderecha colombiana han puesto a la inserción de los exmilicianos a la vida civil y política.

Pero no sólo la derecha, nos dice Londoño “la izquierda, la misma que siempre nos reprochó el uso de las armas y que nos convocaba a desmovilizarnos para construir un proyecto político viable, hoy también nos ha dado la espalda”, refiriéndose a las pasadas elecciones, en las que la mayor parte de la oposición hizo a un lado al partido de la rosa por considerarlo inconveniente en el sostenimiento de su capital electoral.

La conversación con el excomandante de la que fue la guerrilla más antigua de América Latina, y cuya figura ahora se asemeja más a la de un burócrata novato o un jubilado, se torna anecdótica al referirse al Proceso de Paz y a la implementación de los acuerdos.

Luego de hablarnos de la torpeza con la que él y el partido han enfrentado la burocracia de la institucionalidad colombiana, contra la que tantos años lucharon, nos narra, cansado y con dificultad, las obstrucciones en los procesos de sustitución cultivos ilícitos, lo que considera una de las principales razones del recrudecimiento de la violencia en las zonas periféricas del país.

Las terribles condiciones en las que se han venido desarrollando las Zonas Veredales Transitorias y cómo esto ha implicado retrasos en los proyectos educativos y productivos que se tenían pensados para esos territorios; y aunque es optimista al leer los resultados que obtuvo el partido FARC en las últimas elecciones, asegura que, de no lograr sostenerse para el año 2026 -como lo plantean los acuerdos-, el trabajo con las bases se fortalecerá y concentrará en él todos sus esfuerzos.

Entre historia e historia Timoleón señala los logros del Proceso y recalca la importancia del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición como una herramienta para confrontar a los adversarios “que antes llamábamos enemigos”, nos dice, muy al estilo de la Democracia Radical; y asegura que el Acuerdo de Paz está tan bien construido que, aún con las arremetidas del gobierno actual y la bancada del Centro Democrático, no es posible “hacerlo trizas”, por lo que se han empeñado en asfixiarlo.

Nunca me ha caído bien Rodrigo Londoño, y aunque eso es problema mío sé que comparto con muchos la añoranza culposa de querer ver sentado en este conversatorio a Guillermo León Sáenz (Alfonso Cano), pero las circunstancias fueron otras y ahora es Timo el que responde, ante las numerosas preguntas sobre los avances de los acuerdos, sobre el fortalecimiento del partido, sobre las posibles alianzas:

“la gente está trabajando fuertemente y duramente, pero para sobrevivir”

Y nos deja ver, con insistencia, que la prioridad es la vida, la vida digna de los que decidieron desmovilizarse, y que las preguntas formuladas por el auditorio reflejan lo poco que se sabe sobre las condiciones reales actuales de los excombatientes.

Al referirse a la relación entre el Proceso de Paz y las actuales movilizaciones en Colombia, que era el tema que inicialmente nos convocaba, Timoleón hace un análisis bastante sensato y asegura que si bien el Paro Nacional que se adelanta desde el 21 de noviembre es el resultado de las demandas de múltiples sectores en el país, y de la vehemente ineptitud con la que el gobierno de Iván Duque ha pretendido profundizar en la neoliberalización del Estado colombiano a través de reformas económicas, laborales y pensionales; el tema de la paz, o mejor dicho de la violencia, en los territorios periféricos es un componente sustancial de la rabia y el descontento de la población.

Y es que sin duda el asesinato de líderes sociales y excombatientes arroja cifras alarmantes incluso si nos referimos solo a lo acontecido durante el año 2019. Lo que el New York Times llamó “Las demasiadas muertes de Colombia”, no es otra cosa que la sistemática negación de la alteridad que ha caracterizado la política nacional.

Negación que sigue materializándose en intervenciones como la que el senador del Centro Democrático Carlos Felipe Mejía realizó hace pocos días al dirigirse al también senador y excandidato presidencial Gustavo Petro, diciéndole que su presencia sobraba en el congreso.

Esta anulación del otro, este afán por borrar al que piensa distinto es lo que mantiene a la sociedad colombiana en un estado de violencia perpetua, y es lo que el Acuerdo de Paz combate de frente, siguiendo el análisis de Rodrigo Londoño.

Para Londoño, que nos contó asombrado de su participación en las marchas del 21N en la ciudad de Medellín donde “la gente se movilizó con energía y euforia durante casi siete horas”, el Acuerdo de Paz ha logrado instaurar en la sociedad colombiana la idea de que existen rutas alternativas y que es posible producir transformaciones trabajando con quienes piensan diferente.

“El proceso de paz debe ser la apertura de grandes compuertas para la construcción de un movimiento popular”

Nos dice, asegurando que los reñidos resultados de las elecciones presidenciales del 2018 en Colombia, o las dimensiones del Paro Nacional actual, no habrían sido posibles sin ese acuerdo.

Los Acuerdos de Paz instalan los puntos mínimos para la transformación del país, pero el trabajo debe seguirse haciendo, dice el excomandante, asegurando que las armas se dejaron a un lado en un momento en el que la guerra ya se había degradado demasiado.

No creo que un logro fundamental del Proceso de Paz sea, como él lo señala, la posibilidad de tener tres días de meditación y yoga junto a paramilitares y líderes sociales, ni el performativo perdón por los violentos errores que se cometieron durante la guerra; pero sin duda, el resultado de un proceso de negociación que duró casi seis años produjo una transformación ontológica de los colombianos que hoy estamos presenciando.

Si bien la mayor parte de las intervenciones de Londoño hacen parecer que el conflicto armado fue tautológico y se cerró solo con la reintegración a la vida civil y política de los exguerrilleros, sus palabras nos revelan que en Colombia tuvieron que pasar sesenta años de guerra solo para poder hablar.