Por: Adriana Marcela Cabezas Mora

Debido a la vertiginosidad con que la opinión pública reproduce la llamada “polarización política en Colombia” que afecta ámbitos varios además del político, vale la pena hacer algunas precisiones sobre una característica fácil de la cultura política acentuada a diestra y siniestra hoy día.

Si hay un país que ha vivido en carne propia una polarización política es éste a lo largo de su historia, de allí que resulte arriesgado llamar a todo polarización: las cosas por su nombre.

La polarización política es un indicador que permite determinar el grado de democratización de un país a partir de instituciones como los partidos y asociaciones políticas. Según el politólogo italiano Norberto Bobbio, la díada izquierda/derecha aún configura el universo político dado que los actores políticos hacen referencia a ésta no precisamente como una “caja vacía”. 

A su juicio, la preferencia de valores como la libertad, delimitan la inclinación de derecha o izquierda. Más la diada en Colombia tiende a ser menos radical según el Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes.(Ver artículo relacionado)

El panorama político-electoral mediato se ha visto influenciado por dos eventos: la continuidad del proceso de paz en la etapa del posconflicto y la crisis económica que avecinan directivas en la materia (caso del presidente del Banco de la República Juan José Echavarría).

Interesa hablar sobre el primer evento por sospechar que es desde allí desde donde se afinan equipos a uno y otro lado de la tribuna, nada más descabellado en un país que con un cerillo se enciende(…)

Si bien es cierto, el plebiscito por la Paz y la firma del proceso se sucedió durante la administración de Santos, es en el gobierno de Duque donde se debate entre continuidad y/o retroceso.

Una de las promesas en campaña del presidente Iván Duque fue la de dar continuidad y garantías al proceso de Paz, siempre y cuando se precisen ciertos ajustes jurídicos abanderados por su partido político (Centro Democrático) sin contar con el apoyo político suficiente para dar trámite a éstos.

Éste tema en particular ha ubicado actores políticos y civiles a favor y en contra, constituyéndose en la punta de lanza de posturas “pro-paz” y “guerreristas” en el país, misma que representan a mi juicio el único asunto bipolar.

La paz es un derecho y un deber consagrado por la carta política de 1991 (artículo 22), mientras que la reflexión politológica le considera como un estado ideal dentro de un territorio soberano sin significar ausencia de algún grado de conflicto.

Con esto en mente, es mucho más que deseable que Colombia, con una herencia fratricida como la del período de la Violencia bipartidista experimentada entre los años cuarenta a cincuenta, experimente hoy cierto apaciguamiento.

No existe duda de que el proceso de Paz representa un ámbito central en la política local y nacional, más es por lo menos una exageración definir a partir de allí el universo político del país.

En este tono, resulta reduccionista explicar todo a partir de una postura a favor y en contra del proceso máxime cuando el espectro ideológico en el país no resulta tan determinista como si lo fue previo y durante el Frente Nacional.

Así las cosas, las declaraciones reticentes en los medios que endosan problemáticas variadas como la dificultad de hacer campaña en departamentos como el Cauca y Popayán, por ejemplo – territorios conflictivos de vieja data- y la expresión de preferencias político-electorales en redes sociales y organizaciones civiles, por un lado.

Por el otro, el mal estado de la economía del país según declaraciones del director de la entidad (Ver artículo relacionado); todas éstas bajo la máxima de la polarización política latente. 

Es innegable que el ambiente político influye en el ámbito económico y social, más el ambiente político en sí comprende más elementos que la suerte del proceso de Paz ya que el universo político es mucho más complejo, ejemplo de esto es la relación sistémica.

De acuerdo a lo anteriormente expuesto, se vislumbran varias cosas: vivimos inmersos en un entorno altamente persuasivo a partir de creencias fatalistas apoyadas en juicios a favor y en contra de paz o guerra, diada que resulta más peligrosa que las orillas ideológicas entre derecha e izquierda, que sin dejar de ser vigentes- ya que el voto duro de liberales y conservadores perdura aún-.

Las expresiones políticas experimentan una suerte de pluralismo político y por qué no, cierto “acomodismo progresista” que no requieren ser apabulladas a un radicalismo determinista. A este país le faltan más explicaciones racionales y menos aforismos que aticen conflictos ideológicos que, se suponen superados.