Por: Marcela Cabezas 

El Estado entonces, toma vida como aquel monstruo mitológico: el Leviatán

Tras siglos de reflexión política y filosófica sobre las bases del Estado moderno y la civilidad, los constantes linchamientos sucedidos en territorio mexica invitan a una retroalimentación sobre los cimientos de éste frente a la amenaza civil de retornar al estado de naturaleza.

A finales del siglo XVI Thomas Hobbes escribía su obra más reconocida “el Leviatan o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil”, inaugurando la lectura contractualista sobre el pacto social que dará vida al Estado moderno tras siglos de gobiernos monárquicos y absolutistas.

De entre los aspectos que darán paso al contrato social entre gentes civilizadas es la renuncia al estado de naturaleza inmanente en cada hombre al nacer, ésto, a razón de sus libertades natas. Si bien es cierto,el hombre en estado de naturaleza goza de libertades y derechos, tales son utilizadas para la perpetuación de prácticas denigrantes ligadas a las pasiones humanas tales como: la soberbia, la lujuria, la avaricia, el deseo, etc, etc.

En este tono, según Hobbes el “hombre es un lobo para el hombre” por lo que es necesario crear un tercero artificial capaz de contener el caos y garantizar seguridad a cambio de la renuncia al estado natural. El Estado entonces, toma vida como aquel monstruo mitológico: el Leviatán,  obrando como el tercero artificial impartidor de justicia y dador de seguridad.

En este tono, el contrato social que permitió la emergencia del Estado moderno se basa en dos aspectos centrales: el mando y la obediencia, relación posible en la medida en que los dos  implicados (Estado y sociedad) cumplan con lo que le corresponde. Más, si alguno de los dos falla el regreso al estado de naturaleza y la incubación de una Guerra civil es inmanente. Contexto desde el cual a propósito  el pensador inglés reflexiona su obra.

Ahora bien, de un tiempo para acá forma parte de la mexicanidad, y en específico el territorio poblano el recurso a linchamientos a supuestos ladrones, secuestradores, violadores y sujetos implicados en algún delito, sin ser una práctica reciente por parte de la población civil. Se destacan los hechos sucedidos el pasado fin de semana que dan como saldo el deceso de siete personas en el municipio de Cohuecan y Tepexco, en circunstancias bastante alarmantes tras reunirse una horda social enfurecida. No es necesario detallar la escena basta con afirmar que es necesario una reflexión hobbesiana al respecto.

Se pueden hacer diversas lecturas frente a los hechos: que se trata de pueblos alejados anclados en prácticas tradicionales cerradas a foráneos , que el Estado brilla por su ausencia ya que había poca  fuerza pública o arribó muy tarde tras el llamado de la comunidad ;y,  el más sonado, que a falta de la impartición de justicia por parte de las autoridades la población civil debe ejercer ésta por propias manos.

La primera resulta histórico-contextual, la segunda poco creíble debido a la militarización del territorio mexicano de hace ya bastante tiempo – legitimado ahora con la Guardia Nacional- , y la tercera es real y temible en tanto que representa un retroceso frente a siglos de reflexión política y jurídica sobre la justicia y la seguridad como valores fundamentales en una sociedad que aspira a evolucionar en cabeza  del Estado o el Gran Leviatán.

De forma que en el siglo XXI suponiendo superado el estado de naturaleza en el cual reina el conflicto y la guerra de todos contra todos, es apenas alarmador que pobladores de éstas municipalidades decidan aprehender y ajusticiar a los supuestos secuestradores de un vecino. Y, digo supuestos dado que en un debido proceso se emite juicio tras escuchar las partes implicadas; proceso imposible dado que la vertiginosidad de los hechos evidenció un castigo de esos muy característicos en la época oscurantista donde se echaban a la hoguera a supuestos brujos y hechiceros bajo la sentencia ineludible de herejes sin juicio alguno.

Ahora bien, tal época se superaría tras la separación entre Estado e Iglesia, más los hechos recientes en Puebla apuntan a que en la impartición de la justicia no sólo intervienen los actores instruidos y dispuestos institucionalmente para ésto, sino que cada vez que haya oportunidad los civiles obran como jueces  e incluso verdugos de los delincuentes.

Concuerdo en el hecho de que la justicia en México se toma su tiempo en ocasiones y que un efecto de tal proceso será el no castigo ejemplar a los ciudadanos que han fallado por acción y/o omisión. Más la creencia de que la justicia – cimiento del imperio de la ley- se imparte por parte de una horda enardecida a punta de “puño y machete”- en el mejor de los casos- evidencia que no sólo fallan las instituciones sino también que en la conducta humana “moderna” el estado de naturaleza se muestra reticente a desaparecer.

Así las cosas, es necesario que tanto las autoridades públicas como las organizaciones civiles tomen protagonismo y se pronuncien al respecto, dado que, si en los hechos hacer justicia por nuestras propias manos se vuelve una práctica común ¿qué sentido tiene seguir viviendo en sociedad bajo un Estado recaudador de impuestos e imposibilitado de garantizar seguridad por propios medios?, si en la praxis de la sospecha se pasa a la pena máxima.

En últimas, no creo que el Estado y su maquinaria se encuentre rebasado, más bien, dudo en que la población civil en su totalidad renuncie a libertades naturales supuestamente superadas a cambio de garantizar sus libertades civiles vigentes. De hecho, la población recurre a las primeras cada vez que la consideren necesaria tal como vimos.

En este tono, Hobbes ha visto cumplida su sentencia sobre la mayor amenaza al Leviatán y a la estabilidad política y social: las pasiones humanas. Entonces, la tarea es vasta, y la reflexión debe ir más allá del tradicionalismo y de aquello de “cuidarnos a nosotros mismos”; a la larga los efectos sobre el valor de la justicia y los siglos de cimentar el mismo se mostrarán más involutivos que evolutivos ¡tamaña cosa! en el segundo país más poblado de América Latina.