Ambientes distópicos: Memoria

Leí una vez una frase de Ray Lóriga que dice: “La memoria es el perro más estúpido, le tiramos un palo y nos trae cualquier cosa”. Pensar en la memoria es pensar en lo que fuimos, en lo que somos y en lo que seremos; en tratar de ver lo que le tiramos y lo que nos devuelve. Sí, muchas veces nos puede devolver cualquier cosa, pero, la mayoría de las veces, lo que nos devuelve son las experiencias y sentimientos que hemos acumulado para intentar no perder el destino.

¿Tenemos memoria? ¿Recordamos lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos? No podremos responder a estas preguntas sí, en momentos como el que ahora se atiene Colombia en su búsqueda por la paz, se presenta, como si nadie quisiera la cosa, como si ayer hubiéramos visto por primera vez esta República, que no hubo desaparecidos en los trágicos eventos de la retoma del Palacio de Justicia.

Pareciera que eso que llamamos memoria, eso que podemos recordar, se reescribe a diario en un ataque de insensatez que quiere ver en nosotros seres que pierden experiencias y sentimientos, seres a los cuales que se les puede implantar cualquier “narrativa” que halle ventajas en el “relato” invisibilizador de lo incómodo.

Así se siente con las palabras que asomaron por los medios de comunicación masiva –“no hubo personas desaparecidas, sino malas identificaciones y la entrega equivocada de cuerpos a los familiares de las víctimas”, y que se suman a la confusa pérdida de la organización de la memoria de las víctimas en el futuro Museo de Memoria Histórica de Colombia y al traslado de la investigación sobre el conflicto armado del Centro Nacional de Memoria Historia a Colciencias.

Se diluyen, haciendo trizas, los esfuerzos enconados que se habían abierto para reparar en las complejidades que nos llevaron a enredarnos en ese conflicto fratricida, cuya última arista se intentó frenar con la firma del Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, toda vez que las inequidades y desigualdades que nos definen, se siguen replicando, impositivamente, en todas las dimensiones de la escasa sociedad en la que nos queremos seguir encontrando.

La memoria que está con nosotros, aunque confusa y difusa, es la memoria que nos permite seguir alerta en la detención de las arbitrariedades y disparidades con las que nos hemos acostumbrado a tejer nuestras relaciones. Sin ella no podremos alzar la voz para remarcar en lo que se ha hecho y que es necesario deshacer para evitar las oscuras repeticiones que siguen horadando la poca confianza que nos arropa, y que se juntan, inevitablemente, con la incansable búsqueda del lucro de la guerra, para seguir con la depredación de nuestro insuficiente bienestar a favor de los privilegios de unos, como siempre lo hemos sabido.

Remarcar en la historia que cada memoria trae y nos devuelve, es la manera en la que hay que afrontar los embates que cualquier relato impone. Reiterar en la posibilidad que cada historia debe ser reconocida, es reiterar que para marcar los caminos se deben reconocer las decisiones que han pasado con nosotros, es reconocer que para ser hay que aprender de los errores y de los aciertos.

Si ocultamos, si negamos, si perdemos memoria, no podremos encontrar estabilidades en la paz que queremos tener. Estaremos, distópicamente (¿despóticamente?), condenados a repetir las historias tantas veces (in)superables.