Hay mucho ruido en estas últimas semanas, que se irá incrementando en los próximos meses, como ese sonido ensordecedor del estridular de las cigarras. Se dirá que la “fiesta” de la democracia trae consigo rumores y vericuetos, y que por lo tanto, debemos soportar con un finjido estoicismo, ese disímil barullo incongruente del sinnúmero de candidaturas que buscan el esquivo voto elector.

No son las vallas que pueblan temporalmente las calles o las cuñas que se repiten por periódico, radio y televisión. Son las vacuas estrategias publicitarias que, desesperadamente, producen los candidatos para mostrar rasgos diferenciadores que les permitan alejarse de lo que ahora se conoce como lo “común” del ejercicio político profesional.

Se parte del supuesto que el ciudadano está cansado del ejercicio político “tradicional”, plagado de corrupción y malversaciones para intentar decir que más que “política”, se necesitan ciudadanos candidatos (¿políticos?) con rasgos morales elevados que no van a usufructuar para nada, ni de la fe pública ni de los dineros públicos: son candidatos impolutos.

Nada más errado, ya que en el mismo ejercicio de la política profesional, se cae esa aparatosa propuesta publicitaria con la cual se quiso seducir al indeciso y al cauto, a aquellos que están saturados, a aquellos que ya saben que el ejercicio político de la democracia tiene un cambio radical en su hacer, resultado de las comprensiones y progresiones que se han acumulado en las últimas décadas, y que hacen de los ciudadanos, más vulnerables a discursos deterministas y totalitarios o más criticos a sobre las maneras en las que se debe llevar la cosa pública.

Lo que se percibe en toda esta algarabía, es que más que conocer y querer administrar lo público, lo que se quiere es lanzar los hilos que permitan aferrarse al poder, para compartirlo en el beneficio de unos, unos años: la seducción del poder permite que se doble todo discurso y toda moral.

Por eso, más que programas estructurados que reflejen discursos transformadores para los problemáticas de una ciudad, departamento o país, lo que se presenta son bonitas edulcoraciones de palabras improvisadas (sin buen tono) que intentan influir (echando vainas) en las emociones de los electores, dejando de lado el verdadero poder de afectación que se produce con las palabras sabías y sensatas que buscan el aprendizaje de todos.

Y así, con política improvisada, estamos afrontando estás primeras décadas del siglo XXI, viendo como se desdibujan las estructuras de pensamiento con la cuales se soportaban el ejercicio de la política, esperando que los que lleguen a los cargos de elección popular, realmente sean personas con gran saber y experiencia en el manejo de la cosa pública; que no sea necesario justificar ineficiencias con años de aprendizaje; que la impopularidad se puede vender con fantasmas; que hacer una obra de infraestructura es reflejo de una tendencia; que la ideología es la que debe guiar el manejo público.

Ya veremos si nuestros votos son un improvisación tambien y de esta manera, continuamos con esta cadena de políticos profesionales que hacen política sin estudio ni preparación.