Por: Johan Mendoza Torres

Pisoteando y pisoteando, exigieron mucho, pero cumplieron poco. Gritaron que no compartirían hemiciclo con gentuza que no pensara como ellos, pero a la sociedad si le tocó compartir la idea de estar gobernados por una clase que no dirige, sino que domina y que con whisky en mano y muy bien hablados, han causado tanto pero tanto daño.

Utilizaron la palabra adecuada, para hacer del engaño una canción por la libertad… ¡claro! la libertad de elegir diría Friedman… la libertad de elegir, pero lo que ellos decidan diríamos nosotros. Aún creen que en Colombia solo hay una manera para matar… no halan los gatillos, pero ponen el molde, el plomo, el metal para hacer las armas y dan la orden de tipo no-castrense, en la cafetería del Nogal, en un salón, o en un café por la 93 en Bogotá.

Engañaron a varias generaciones con cuentos y fantasías traídos de la ficción, cuando tenían de dónde escoger en nuestra rica, dura, trágica y cómica realidad.  Latinoamérica aventaja a Europa y a Norteamérica, porque aquí la imaginación nos acompaña todos los días al salir por el pan o las arepas. Latinoamérica no debe preocuparse por importar maneras de organización política, porque ella misma sabe, aunque la regañen y le peguen con la cuchara por querer probar esa mezcla dulce y picante que dice “sé a dónde quisiera ir”. Que no tengamos el derecho a equivocarnos, es una rastrera imposición de occidente. Occidente el civilizado, occidente el de los 100 millones de muertos en un siglo.

Hicieron trizas el “maldito papel”, engañando a los votantes, denigrando de lo logrado, percibiendo al adversario como ese mísero enemigo del cual no pudieron aprender sino una sola cosa: que este no se doblega ni con el tiempo, ni con la lluvia, ni con el calor de una mala palabra o del plomo.

Creció en Latinoamérica una mano derecha que sigue dando cachetadas a las sociedades que aún no se han dado cuenta de lo que están perdiendo. Bolsonaro, emperador del Brasil ha sido la muestra perfecta de que a una tradición no basta con solo criticarla y que religión y política, es un cóctel tan peligroso que puede dejar un guayabo de muchos años.

Su majestad Bolsonaro incluso, para combatir el legado de Freire, ha puesto de ministro de educación a un colombiano que venera a Pablo Escobar… bueno aunque con la industria cultural pesando como una tonelada de recuerdos borrados, ahora Pablo Escobar lo montan en series para que sea incluso sexualmente deseado.

No hay derecho a la desdicha que sufre hoy Nuestra América, ella, la barbarie, alienta los deseos de venganza de una derecha que solo le falta cortarle la luz y el aire a Venezuela, para echarle la culpa a ese mestizo que nació de las venas del ejército.

La barbarie avanza, y quienes dormían hoy preguntan ¿qué diablos está pasando?… no es tarde, a pesar de que la sangre y la injusticia están brotando a por doquier en todos los rincones de la región. En este punto, ante la barbarie el único deseo profundo y sincero que emerge es el de oponérsele sea como sea, el tiempo que sea necesario.

Hoy, los líderes del actual régimen político en Colombia celebraron con botellas y risas, una victoria contra viejos fastidios. Brindaron y cuando cantaban “los derrotamos”, una multitud indignada los miraba de frente, decepcionados de la decepción que significa su existencia, y sin parpadear, esa multitud les dijo: sabíamos que harían esto.

La barbarie instalada, ha parido a los nuevos virreyes y emperadores que hoy tiene Nuestra América; desde España la burla, con el bufón de Vargas Llosa a la cabeza, ese liberal bien hablado, enamorado de la libertad de ser un gran siervo de su majestad.

La represión, el discurso represivo, la negación de la realidad, la exclusión política, la homofobia, la xenofobia, la idea de país diseñada por la casta más pura, está destruyendo el tejido social de Nuestra América. No demoran en golpear definitivamente a la memoria y por eso no solo desde el fondo de nuestro corazón, sino desde el fondo del tinto que tomamos todos los días, emerge un mensaje bastante claro… allí, en ese bagazo de café molido que queda al fondo de la taza, aparece, aparece y aparece, día tras día, noche tras noche, una misma frase: se viene una respuesta.