Al igual que cuando se posesionó Álvaro Uribe Vélez en la presidencia de Colombia, Iván Dúque Márquez ha sabido acabar con un periodo transitorio y aperturista del sistema político colombiano en el que por su cuestionada base de 10 millones de obsesivos seguidores y por la esencia de su proyecto poco civilizador, ha intentado desechar los pesos y contrapesos, la oposición política y cobijar en el más insoportable de los silencios el alcance operacional que está recobrando el paramilitarismo en el país, cuya cifra de líderes sociales asesinados se acerca a los 130, manteniéndose en total impunidad.

No obstante, el país hasta hoy amanece de luto por un nefasto atentado en la Escuela General de Santander en el que un carro bomba explosionó dejando 21 víctimas mortales. Hubo por fin escándalo, atención, investigación y solidaridad, pero, ¿de qué forma? Todas las acciones institucionales desplegadas fueron saetas brutalmente represivas, indolentes y divisorias contra la paz y evidentemente contra sus defensores en la que sin duda, a través del atentado a la escuela de cadetes y, posteriormente, de la convocatoria a la marcha “Unidos contra el terrorismo”, el oscuro propósito de implantar la percepción sobre la amenaza terrorista y por ende el miedo, es innegable.

Parece ser con lo anterior que a nadie le interesa la guerra más que al actual gobierno y sus secuaces, quienes históricamente se han lucrado de la misma a costa de la vida de los pobres, dando acceso y poder a actores violentos. El comportamiento de la represión en los gobiernos del Centro Democrático y en el ejercicio de las facultades que “en democracia” se han ganado, no es difícil de evidenciar.

Fíjese que los disímiles signos de violencia que eran del pasado, con el ascenso de Iván Dúque son nuevamente frecuentes con el reparo de contar esta vez su núcleo político con un macabro e ilegítimo seguidor del cianuro y de las falsas pruebas, el cual, brinda una posición favorable y un margen amplio de autonomía y libertad para sobrellevar los fines comunes e insensibles que los han motivado a existir desde siempre.

Desentrañar esta realidad que acentúa la violencia psicológica y las tendencias de eliminación en el país, nos debe unir no únicamente para esclarecer los hechos y enjuiciar las conductas sistemáticas y estructurales con directos responsables artífices del terrorismo, sino también para suprimir de los espacios de decisión, de acción política colectiva y de interacción social, la ceguera activa en la que nos sume diariamente el Estado, y a través de la cual, les sirve como mensaje a las víctimas y sus familiares; como señal de su absoluta indefensión ante la tiranía.