En Colombia el silencio cunde, en la cima de los nevados que van perdiendo su cúpula de nieve, en lo majestuoso de la selva que respira y se  infla cuando se le mira desde una elevación; o en la soledad de los campos cuando quedan los cuerpos inertes luego de una matanza.

Es por ello que la columna “Una defensa del silencio” escrita el pasado 19 de enero por la periodista Claudia Morales revela que aquello que no se dice, se guarda con la esperanza de que llegue el momento en el que se pueda gritar a los cuatro vientos porque entonces será un momento en el que habrá algo de sanación.

La sociedad colombiana está urgida de procesos de sanación y de reconocimiento de quienes son los victimarios más allá de la oficialidad de la justicia que es todavía muy limitada y restringida en sus alcances ya que desde hace centurias que “la ley es para los de ruana”.

Porque existe en Colombia una élite que tiene un actuar sociópata en cuanto a mantener y conservar a cualquier precio los privilegios de linaje o del ascenso económico que se ha conseguido con narcotráfico u otros delitos acumuladores de capital que, como una maldición, impulsa a buscar el control de cualquier otro tipo de poder que exista como el poder político, de control social o sencillamente el de oprimir y someter al cuerpo de una persona a cualquier tipo de violencia que vulnere su intimidad.

En la cíclica historia colombiana, por ejemplo desde los Comuneros en adelante, una y otra vez el pueblo raso ha sido engañado por sus dirigentes y por los manejos políticos que ellos hacen.

En el sustrato psicológico del pueblo se ha implantado la necesidad de redentores religiosos o políticos, o con características combinadas, para depositar en ellos la esperanza de una vida digna; y en la historia reciente de Colombia hubo un presidente que cambió la constitución para ser reelegido con el respaldo de un congreso lleno de parapolíticos.

Álvaro Uribe Vélez ha realizado todos los arreglos, componendas o posibles delitos necesarios para mantener su poder económico y político. Desde los permisos para construir pistas y matricular avionetas para la organización de Pablo Escobar, de Ledher y los hermanos Ochoa Vásquez como director de la aeronáutica civil;  al impulso y patrocinio como gobernador de Antioquia a las cooperativas de autodefensa Convivir,  a la complicidad en matanzas con paramilitares reiterada por diferentes testigos como el mismo Salvatore Mancuso o Don Berna, al asesinato de defensores de los derechos humanos y también de antiguos colaboradores suyos, a las chuzadas realizadas siguiendo sus órdenes por el DAS al que Uribe utilizó como un organismo títere contra quienes le criticaban y denunciaban, y a toda su especialidad en la estrategia de recusación y difamación contra las personas que revelen sus alcances. Un experto para figurar en los medios como el   padre de un país, el padre de Colombia que le puede llevar por “el buen camino”.

La figura de este “buen padre” es simbólica, es diciente de la sociedad colombiana que ha estado inmersa en guerras y oleadas de violencia desde la época precolombina y la invasión por parte de los españoles en adelante.

Los hombres siempre han sido los que más mueren en circunstancias violentas, entonces son las madres quiénes cuidan a los hijos y se encargan de su educación y formación. En todo caso la figura presencial del padre ha ido siendo una figura desplazada (así como los millones de desplazados que hay en Colombia) por distintas circunstancias como el tener que trabajar para responder por la familia o  por no conocer su paternidad, por peleas entre la pareja, por infiel o por irresponsable e indiferente, por quienes deciden ser madres sin la presencia paternal (en cualquiera de sus formas) o por estar muerto en el espiral de violencia.

Pero las costumbres y esquemas de una sociedad machista no dejan de estar presentes, así sea en el subconsciente de la misma, por ello la falta de este padre “real” ha sido el panorama propicio para que haya un simbólico “padre” autoritario que diga, más bien ordene, lo que se debe hacer sin réplica y con aparente sentido de la justicia y de la equidad.

Las mismas madres que han criado solas a sus hijos – y esos hijos al ser adultos- han aceptado el surgimiento de figuras paternales  simbólicas como pastores, curas, adivinos o caudillos políticos que pueden guiar a la gran masa por el “buen camino”, el camino al “paraíso” o a un futuro mejor. Alguien que tomó el papel de llenar este vacío en la historia contemporánea como caudillo político, fue Álvaro Uribe Vélez.

Este es el cuento de un país con un monstruo que hipnotiza e idiotiza con su discurso del odio que continúa expandiendo con su corte y sus seguidores, y que puede llevar a que haya más muertes de las que ya lleva, así como Adolf Hitler en Alemania que condujo a un país a la ruina física y moral y a sus vecinos a la desgracia de la opresión.

Sus estrategias provienen de la siembra de un discurso de odio, que nace del miedo a lo que no sea él, en el que se estigmatiza a los otros grupos políticos como bandidos, corruptos o como ineptos y esto lo repite miles de veces él y sus seguidores, con el propósito de librarse del propio estigma que lleva. El miedo y la difamación se dirige hacia todos los que se le opongan o sencillamente traten de revelar la verdad de la historia contemporánea de la violencia colombiana.

Es por esto que muchos le pueden tener miedo, pavor, a este padre simbólico, por lo cual la revelación de sus acciones se posibilita realizar con catárticas expresiones como la de Claudia Morales en su columna y en sus subsiguientes declaraciones. Pero este grito en silencio de un nombre debe continuar, deben continuar los procesos judiciales, deben continuar las denuncias, deben seguir sumándose la seguidilla de murmullos, hasta que se conviertan en el grito que tenga eco en todos los rincones del país: en los nevados que se derriten, en la profundidad de la selva, en el bullicio de la ciudad y en las tumbas de los campos colombianos en las que hay anónimos y reconocidos que aún esperan que en sus casos se haga justicia. Es ya la hora de gritar para despertar.

 


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