El término “Zar” tiene sus orígenes en Rusia, aproximadamente en 1547, cuando Ivan IV, más conocido en la Historia Universal como Iván “El Terrible”, adoptara ese vocablo para significar su título nobiliario como Rey. Pronto, “Zar”, del ruso <tsar> y con origen en el latín caesar (por Julio César), se empezó a reconocer como el título que se otorgaba al emperador de Rusia y al soberano de Bulgaria y de Serbia.

En la actualidad, el prefijo zar es acuñado para denominar o hacer mención de manera metafórica a aquellas personas que ostentan un gran poder de control o conocimiento en un determinado aspecto.

Es tristemente célebre uno de los grandes financiadores del paramilitarismo en Colombia, Víctor Carranza, reconocido como el “zar” de las esmeraldas.

 

El alcalde de Ibagué, Guillermo Alfonso Jaramillo, junto con Augusto Ocampo, contratado como “zar anticorrupción” de la alcaldía, y Nicolás Petro. La foto fue tomada del perfil de facebook de Ocampo, subida el 25 de octubre de 2015.

 

Por estos días, la expresión empezó a sonar en Ibagué por obra del alcalde Guillermo Alfonso Jaramillo, quien anunció con bombos y platillos la adopción de la figura del “zar anticorrupción” al interior de su gobierno, un nombre rimbombante para un cargo que no existe dentro de la estructura orgánica de la administración pública colombiana y al que, por carecer de capacidades sancionatorias, en ningún caso le auguran mayores resultados.

Como se sabe, al interior de las entidades públicas la ley ha instituido las denominadas unidades, direcciones u oficinas de “Control Interno” como instancia de diseño, monitoreo y evaluación del Sistema de Control Interno, el cual tiene como propósito fundamental lograr la eficiencia, eficacia y transparencia en el ejercicio de las funciones de las entidades que conforman el Estado colombiano.

En ese sentido, como han señalado algunos analistas locales, la figura del “zar anticorrupción” termina siendo un cargo burocrático adicional, una metáfora, aunque al parecer, en el caso de Ibagué, su función no será exactamente la de “pescar” corruptos sino votos.  

 

De la metáfora administrativa a la realidad política

Es conocida la lucha frontal que en el discurso, la administración Jaramillo ha emprendido contra la corrupción. A esa bandera le debe su elección en octubre de 2015, y por eso no extraña el anuncio de la llegada del abogado Augusto Ocampo, un especialista en investigación criminal, para que sea su “zar”.

Sin embargo, esa no es la única especialidad del reconocido abogado y, posiblemente, tampoco la verdadera razón por la cual aterrizó en la alcaldía de Ibagué.

 

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“Ocampo es un riñón de Petro”, así nos lo describió una fuente que lo conoce, a quien le preguntamos por su trabajo y el origen de su relación con Jaramillo.

Ocampo es conocido como el hombre de las “tutelatones”, promovidas en múltiples oportunidades por el ‘petrismo’ en Bogotá, como aquella con la que a través de una cifra cercana a las 1.400 tutelas, se abarrotó a los juzgados de la capital y con algunos fallos a favor, se dilató la destitución de Gustavo Petro en 2014.

Ocampo recientemente abanderó la defensa de los vendedores ambulantes en Bogotá, demandó a Enrique Peñalosa por sus títulos de estudios de posgrado falsos y se le ha visto muy activo en el proceso de revocatoria de la alcaldía. 

Todo ello, de la mano con el concejal y ex gerente del Canal Capital, Hollman Morris.

 

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Ocampo respalda incondicionalmente las peleas de Morris en la oposición al gobierno de Enrique Peñalosa.

 

En fin, Ocampo más que un “zar”, es un alfil, político, del ‘petrismo’.

Durante su paso por la Alcaldía de Bogotá, en donde se desempeñó como Director Distrital de Asuntos Disciplinarios de la Secretaría General de la Alcaldía Mayor, el abogado Augusto Ocampo fue destituido e inhabilitado para el ejercicio de cargos públicos por la Personería Distrital por en período de 10 meses, como resultado de la comisión de “afirmaciones irrespetuosas” en la red social Twitter.

Ocampo no solo salió en defensa de la administración Petro, sino que casó una pelea durísima con la prensa (vanguardia de la oposición a la “Bogotá Humana”) y con la veedora distrital, Adriana Córdoba, pareja del ex alcalde Antanas Mockus.

Pareciera entonces que Ocampo llega a la administración municipal a ser mucho más que el “zar anticorrupción” y por el contrario, su aterrizaje en Ibagué, único bastión del ‘petrismo’ en el país, tiene muchos más matices que el simple cumplimiento de una promesa de campaña.

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Guillermo Alfonso, el zar de la política

Ocampo llega en plena época preelectoral a oxigenar desde Ibagué la campaña de la “Colombia Humana” que encabeza Gustavo Petro, pues tal como abiertamente lo reconoce el alcalde de los ibaguereños, él, más que progresista, es un hombre Petrista y por consiguiente, se espera todo su respaldo a esta campaña y qué mejor que a través de un hombre de la entera confianza del candidato.

Sin embargo, la jugada de Jaramillo es a tos bandas: no solo le demuestra fidelidad al ‘petrismo’, sino que hará de Ibagué un botín electoral gracias al cual, ante una eventual segunda vuelta con presencia de un Fajardo o un De la Calle, por ejemplo, pueda “negociar” su participación en el ejecutivo una vez finalice el mandato.

En otras palabras, parece ser que con esta movida Guillermo Alfonso Jaramillo está pensando mucho más en las elecciones presidenciales que en las regionales, pues, si Petro logra una importante votación en Ibagué en primera vuelta, automáticamente en segunda se vuelve un botín a conquistar.

(De hecho, hay quienes piensan que la “lista de la decencia” que impulsa a Cámara no es para ganar la curul sino para organizarle equipo a Petro).

Una lectura adicional permite también entrever que dada la coyuntura electoral y teniendo en cuenta las actuaciones que desde la Fiscalía se vienen adelantando en contra de mandatarios locales y regionales que no se alinearon con Vargas Lleras (como las efectuadas en contra del Alcalde de Santa Marta, y de los Gobernadores de Nariño y Putumayo), Jaramillo puede presentir que los actuales procesos que hacen curso en esta entidad pueden terminar en decisiones que pongan en riesgo su permanencia en la alcaldía y por ello prefiera anticiparse y preparar su defensa, tanto desde los estrados judiciales como desde la agitación social y la promoción de acciones masivas, estrategia bien conocida por Ocampo.

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Así las cosas, la llegada de Augusto Ocampo bajo la figura de “zar Anticorrupción”, es una jugada a tres bandas del alcalde que le sirve para cumplir una promesa de campaña, brindar una mano a su amigo y aliado político Gustavo Petro, fortalecerlo como referente electoral de cara a las presidenciales y de paso, reforzar su equipo de defensa jurídica ante eventuales actuaciones por parte de la Fiscalía, jugada maestra que sin duda lo ratifica como el zar de la política en el Tolima.

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